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Coalición conveniente o reconstrucción democrática

Las coaliciones cortoplacistas podrían calmar a los mercados, pero no son solución para un país gravemente amenazado por la implosión, por la ruptura dolorosa porque los más hayan abdicado ante los menos

Foto: zipi | EFE

Qué salida tan democrática sería ésa que ansían los mercados internacionales, de una civilizada alianza de gobierno entre el centro-izquierda y el centro-derecha del PSOE y Ciudadanos, para encaminar a España hacia cuatro años de reformas necesarias y de recuperación del crecimiento. Sobre el papel, nada más propio de la Europa moderna, con esa frecuente necesidad de pactar en países con más de dos partidos hegemónicos: vean la experiencia alemana, antaño con los liberales respaldando alternativamente a los socialdemócratas y a las democristianos, y hoy con la difícil, pero viable, coalición de los dos grandes partidos germanos.

Sin embargo, la realidad no es tan sencilla. Venimos de tres lustros de feroz reescritura de las normas de la Transición por parte del PSOE de Rodríguez Zapatero y de Sánchez: la foto de las Azores, la ley de Memoria Histórica, el cordón sanitario, el “fascismo” renacido… Sin aportar en sus siete años de Gobierno ni en sus subsiguientes años de oposición propuestas convincentes en política económica, el nuevo Partido Socialista se ha mantenido exclusivamente sobre la demonización de la derecha –bien ayudado por la incuria del PP y por sus casos de corrupción– y sobre las cesiones paulatinas y crecientes a los nacionalismos periféricos, incluidos los incipientes como los de Valencia o Baleares. Y no vemos ni un indicio prometedor de un posible pacto con la oposición moderada.

En esas circunstancias la llamada a Ciudadanos tiene más de regalo emponzoñado que de solución genuina para una España carente de rumbo. Una tolerancia desde fuera, mediante abstención en el Parlamento, de un Gobierno monocolor del PSOE parece una solución, sin duda lejos de ideal, pero más constructiva de cara al futuro. Vituperados por su falta de convicciones, por sus orígenes en el centro izquierda –como si eso fuese algo nuevo en el liberalismo europeo-, por su indefinición, Albert Rivera e Inés Arrimadas, tras años de plantar cara en solitario al separatismo catalán, tienen aún que labrarse una personalidad clara a escala nacional. Y firmar pactos con un PSOE que no ha dejado de ceder ante los nacionalismos –sino más bien al contrario- y que juega a la política de gestos y de cortinas de humo no es lo que necesita este país.

Por motivos diferentes, mucho más cargados de culpas propias, el Partido Popular precisa de un tiempo de genuina reinvención, con un desagradable pero inevitable cupo de expiación de sus propios pecados. Y, en el camino, se podrán ir gestando fórmulas de una posible reconstrucción de un centro-derecha liberal y éticamente intachable como el que necesita España. Las coaliciones cortoplacistas podrían calmar a los mercados, pero no son solución para un país gravemente amenazado por la implosión, por la ruptura dolorosa porque los más hayan abdicado ante los menos.

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