José María Albert de Paco

Coartada

Opinión

Coartada
José María Albert de Paco

José María Albert de Paco

De pequeño, en la playa, solía entretenerme yendo y viniendo de lo hondo con algo que demostrara que había estado allí. Fue aquella mi primera escuela de periodismo.

El nombre del insigne escritor solía aflorar en los discursos de los políticos de su presunto bando, como paradigma de la Cataluña que abrazaba el mestizaje. Con todo, la posibilidad de que le vincularan al llamado españolismo le llevaba a afirmarse en un lugar inconcluso entre el mundo y el mundillo o, si se quiere, entre la sombra y la caverna. “Y usted, don Evaristo, ¿por qué no suscribe ese manifiesto en favor de la lengua común?”. “Porque el hecho de que haya rehuido un nacionalismo no significa que deba abrazar el nacionalismo contrario, que es, sin duda, igual de intransigente o incluso más que el que denuncia ese texto”. Y así, situando en prodigiosa igualdad a belicosos y perplejos, fue sobrenadando años y tertulias, y a esa misma ficción se mantuvo aferrado hasta que, llegado el tiempo del encono, le acuciaron los murmullos, cada día más estrepitosos, acerca de su indefinición.

Sea como fuera, en los días en que secesionismo arrinconó al Estado con un simulacro de referéndum cuyo solo propósito (reconocido luego por los promotores) fue presentar a España como un Estado autocrático, el escritor fue de nuevo requerido por la prensa, ávida de prosa oracular. Como en él era costumbre, tomó la percha y se lanzó a caminar sobre la cuerda, ahora un dime, ahora un direte, un ojo puesto en el infinito y el otro en la red que había de envolverle si sufría un traspié. Su equilibrismo, no obstante, resultó incomprensible de puro virtuoso, y al punto arreció el desasosiego de quienes seguían confiando en su fino discernir.

No le quedaba otra salida que pronunciarse abiertamente y, en consecuencia, de forma inexorable, dejar de ser el literato transversal, el mandarín que tan grato, afable y encantador resultaba a sus lectores e incluso a quienes jamás le habían leído.

Entonces se le apareció la solución. Escribiría un libro. Un libro en apariencia implacable, en apariencia pedagógico y en apariencia lúcido. Y que, conforme a la apariencia, no dijera nada. Absolutamente nada. Y así, al fin, se le entendiera todo.

Más de este autor

En el nombre del Bola

«Cuál de los dos Iglesias prohijará esa reforma, ¿el antiguo Vecino de Vallecas o el propietario del chalé de Galapagar?»

Opinión

Más en El Subjetivo

Daniel Capó

Ser padres

«La paternidad consiste en volver a aprender para terminar sabiendo algo más que al principio»

Opinión