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Cocina (vasca) de género

Foto: Rafael Miro | Flickr

Estos días atrás he leído que la idea del Gobierno Vasco de regular el interior de las casas de nueva construcción para romper viejas jerarquías sociales no es en absoluta novedosa. El poder público ha intervenido desde hace mucho tiempo para que las viviendas tengan un espacio mínimo y digno que evite la especulación inmobiliaria: incluso, para permitir la privacidad de los hijos, que antes dormían en las habitaciones de los padres. Además, en torno al género, tengo poco que decir: sobre este espinoso asunto lo ha explicado casi todo Pablo de Lora en su último libro. Ahora bien, la ironía parece inevitable cuando uno recuerda que Euskadi es una de las regiones de Europa y del mundo más envejecida, donde criar niños se está convirtiendo en una auténtica rareza. Pronto sobrarán pisos y jubilados, auténticos protagonistas de la nueva primavera política de mi patria chica.

Este verano corrió como la pólvora un video de Anasagasti donde hacía un discurso de homenaje a Sabino Arana. Desde luego, como me dijo un amigo librero, no era Hegel hablando a Napoleón desde su ventana en Jena. Sin embargo, en las redes sociales todos hicieron la broma sobre el conservadurismo del PNV. Lamento decir, sin embargo, que el País Vasco poco tiene que ver hoy con el acartonado ideario sabiniano. De hecho, en la actualidad me parece uno de los lugares donde más y mejor han penetrado las nuevas moralidades postmodernas, puestas al día por la izquierda abertzale. Cuando Urkullu fue este verano a ver al Papa Francisco y presentarle su plan para los refugiados, supongo que no hablaron del decidido apoyo legislativo de su partido al aborto, la eutanasia y la transexualidad. Vasconia vuelve a ser el faro exótico que alumbra parte de la política española, aunque con una diferencia: si en el periodo isabelino, fue el moderantismo quien convirtió a mis paisanos en los representantes auténticos de la España vieja y goda, hoy lo hace el progresismo con otros objetivos.

Lo volveremos a ver después del 10–N: periodistas, académicos y políticos socialdemócratas alabarán en las redes sociales lo bien que se vive y se vota en Euskadi, con Aitor Esteban como epígono de la razonabilidad y el porte hidalgo. Naturalmente, todo este montaje tiene algún punto ciego que casi nadie tiene ganas de señalar. La misma semana en la que Bildu pedía al Parlamento Vasco que vetara en campaña a los políticos españolistas que vienen a provocar, algunos medios daban la noticia de que una viuda y el etarra que mató a su marido habían “brindado” con chacolí por la paz. Bien pensado, el brindis no era sino la consecuencia lógica de aplicar la dialéctica del hedonismo y el olvido por la que hoy navega Euskadi, donde hasta el nacionalismo empieza a parecerse a un regionalismo costumbrista diseñado para turistas. No extraña que pronto empiece otra vez el raca–raca de la reforma estatutaria y el nuevo “concierto político” con España: pintxolandia se está durmiendo en los laureles.

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