Laura Fàbregas

Colau, ¿y la Plaza de Sabino Arana?

Rebelarse contra los símbolos nacionales tiene poco mérito. Y más en esta España nuestra, reino de taifas y patrias queridas.

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Colau, ¿y la Plaza de Sabino Arana?
Foto: Ajuntament de Barcelona
Laura Fàbregas

Laura Fàbregas

Vivo entre Madrid y Barcelona. En tierra de nadie. Me interesan las causas incómodas. Pero lo importante no es lo que se dice sino lo que se hace.

Rebelarse contra los símbolos nacionales tiene poco mérito. Y más en esta España nuestra, reino de taifas y patrias queridas.

Como toda democracia consolidada, nuestro país acepta e integra la crítica. Salvo alguna excepción sonada con la monarquía. Una excepción, no obstante, que ya cuenta con una opinión pública y unos medios libres que lo denuncian.

A mí, pero, me interesan las causas perdidas. Y me interesa denunciar cómo los revolucionarios del Ayuntamiento de Barcelona no se atreven con los poderes nacionalistas. Es decir, cómo retiran sin pestañear estatuas como la de Antonio López o quitan la calle al almirante Cervera, pero rehúsan tocar el nombre de Sabino Arana. Padre de la patria vasca. Un racista y un machista desfasado incluso para su época.

Su revolución es siempre contra la democracia. Nunca contra los poderes opacos regionales. Es verdad que el consistorio barcelonés retiró la Medalla de Oro a Jordi Pujol. Pero entonces los independentistas ya renegaban del fundador de Convergència, que había perdido toda autoridad moral en 2014 con su confesión de evasor fiscal.

El Gobierno de Colau, en cambio, decidió otorgar una de estas condecoraciones a la fallecida presidenta de Ómnium Cultural Muriel Casals así como una calle al cómico Pepe Rubianes. Dos figuras que no concitan la unión entre catalanes. Y menos en el momento actual.

Pero no hay que ser ingenuos. Cada época es el reflejo del momento vivido y de la narrativa que quiere implementar el gobierno de turno. Es la alternancia de élites. Y está bien que así sea.

Algunos, sin embargo, somos más partidarios de recordar la historia tal y como ocurrió. Para no olvidar nuestras vergüenzas colectivas como fue la dictadura franquista y la aquiescencia por una parte muy importante de la sociedad española y catalana. Además, el revisionismo histórico con la nomenclatura siempre tiene un problema, que es dónde se pone el límite. No hay personajes inmaculados. Por ejemplo, el periodista Manuel Chávez Nogales, a quien yo admiro y a quien Carmena quiere otorgar una calle, en su libro La vuelta a Europa, consideraba la homosexualidad una aberración.

Quien sabe, quizás dentro de 100 años la sociedad se avergonzará de haber dado condecoraciones, avenidas o plazas a los que ahora tan felizmente Colau ensalza. Y, cómo dijo Doris Lessing sobre el fenómeno de emociones de masas del siglo XX, nos preguntaremos ¿cómo pudimos creer en ello?

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