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Colecciones de septiembre

Desde los kioscos las colecciones tratan de infiltrarse en nuestros planes. En el kiosco nos confesamos. Manifestamos qué consideramos prioritario subsanar. Y es esa consideración lo que nos retrata. Es bonito delimitar nuestro fracaso.

Foto: Daniel Robert | Unsplash

Vuelven a llenarse los kioscos con las colecciones de septiembre; aunque su presencia es menos avasalladora, porque hay menos kioscos. Grandes pensadores, clásicos griegos o contemporáneos, premios Nobel, músicos, matemáticos, científicos, astronomía, jardinería, ajedrez, costura, cocina, dibujo, lectura rápida, inglés, francés, alemán, meditación, memoria, los secretos de la mente, los secretos del mar, la maqueta del Titanic, minerales, dinosaurios, fósiles… Ahora de vez en cuando y antes a cada paso recordamos lo que nos falta, aquello que nos completaría. Pero la frustración es permanente, porque por cada colección que decidimos seguir dejamos de seguir todas las demás.

Escribió Gonzalo Torné que hay dos tipos de personas, las que se rigen por el año y las que se rigen por el curso. Yo me rijo por los dos, inútilmente. Empiezo el año con pujanza, por el enero reglamentario; pero a la altura de septiembre ya lo tengo disipadísimo. Me doy entonces una nueva oportunidad con el curso: septiembre, o como mucho octubre. Para diciembre ya he vuelto a naufragar, pero ahí está otra vez enero. Soy un pollo dando vueltas en el asador, pero lo llevo con deportividad.

Lo bonito es considerar estas fechas aisladamente. ¡El comienzo del curso! ¡Todo por delante, en cuanto a la actividad, al saber! ¡Un tiempo largo hasta el inhábil verano! Los que no somos profesores (ni padres) mantenemos ese impulso, porque fueron muchos años de adiestramiento escolar. El ritmo está marcado en nuestra carne, en nuestra cabeza. El momento climático acompaña: el apagamiento del verano y a cambio no el invierno todavía, sino una transparencia con fresquito. Más que enero, ¡qué atmósfera auroral la de septiembre, la de octubre! Los días están como lavados, tienen una ligereza adusta. La vida se presenta seria, pero sin excesivo peso aún. Hay ganas de hacer cosas.

Y desde los kioscos las colecciones tratan de infiltrarse en nuestros planes. Componen una red para toda clase de peces, y todos en algún momento hemos picado. Yo me hice mi colección de filosofía, y la de música brasileña (con cedés), y la de inglés cómo no, y alguna de dibujo que dejé pronto… Y está también el truco de comprarse solo las promociones del primer día, dos libros por uno, tochos baratos, o las piedras con el estuche que nunca se rellenará. En el kiosco nos confesamos. Manifestamos no de qué carecemos (porque carecemos de todo), sino qué consideramos prioritario subsanar. Y es esa consideración lo que nos retrata. Es bonito delimitar nuestro fracaso.

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