Cristina Casabón

Colectivismo de barrio

«Quién sabe si, en 2021, en Madrid, el colectivismo de barrio consigue arrancarle el voto a algún buen vecino»

Opinión

Colectivismo de barrio
Foto: Pablo Blazquez Dominguez| Reuters
Cristina Casabón

Cristina Casabón

Madrid, 1988. Profesora en la Universidad Carlos III. Articulista. El mundo como sustrato potencial de la ficción.

En 1918, el sociólogo Max Weber dijo en una de sus conferencias que el nuevo orden mundial europeo era una suerte de desencanto. La era de la tecnología, la rápida modernización y la secularización habían allanado el camino para una Entzauberung o «desmitificación» colectiva. El análisis de Weber fue relativamente simplista, por supuesto. Si bien es cierto que el siglo XX experimentó su parte de desencanto hacia la religión, también vio el florecimiento de narraciones sacralizadas y mitos potentes; las ideas se convirtieron en ideologías totalitarias como el fascismo o el comunismo.

La sumisión de la verdad al poder está en el corazón de la modernidad. El fervor idealista, la propaganda y la hipocresía, la manipulación, son omnipresentes en la política. Hannah Arendt escribió en su ensayo Verdad y política que las mentiras y una comprensión elástica de la verdad son un sello distintivo de muchos y muy diferentes movimientos políticos. El sujeto ideal de la propaganda es la persona para quien no hay distinción entre realidad y ficción. Podríamos pensar en estándares de pensamiento realista y platonismo político para aludir a dos tipos de imaginación cívica.

El divorcio entre la élite progresista y las clases medias, entre la palabra autorizada y la que no debe expresarse, demuestra que el platonismo político de la izquierda está entrando en un periodo de crisis o desmitificación. No obstante, la izquierda sigue pensando en este electorado desencantado en términos de electorado «desmovilizado», como si solo fuese cuestión de darles un empujoncito o enseñarles a votar adecuadamente.

De todas las ideas o imágenes que se están promoviendo sobre Madrid, la campaña de Podemos es la más surrealista: Iglesias pide al «Madrid trabajador» votar correctamente para que hable «la mayoría» y «el barrio Salamanca no decida por ellos». Ahora, bajo la propaganda del partido guau guau, los madrileños aparecemos segregados en un nuevo colectivismo de barrio, somos parte de una identidad colectiva monocolor. Bajo esta mirada, los ciudadanos quedamos reducidos a números de portal.

Iglesias ha negado, abiertamente, que exista transferencia de voto obrero en barrios populares a Vox, para perplejidad de muchos. Poco hablamos del divorcio entre la élite progresista y el obrero que vota a la derecha. Hay una clase obrera que «ha decepcionado» a la izquierda o viceversa, una vez que la lucha de clases se ha deslizado hacia las guerras identitarias que invitan a autoclasificarse hasta la exasperación y a gestionar una eterna performance.

Algunos tenemos la ligera sospecha de que el votante fiel a Podemos no es el obrero, sino el reaccionario de izquierdas, tipos que aún creen en la revolución bolchevique. El ciudadano de voto puramente ideológico se basta a sí mismo, saborea sus ideales sin analizarlos a la luz de los hechos. Permanece sumido en una especie de solipsismo romántico. El obrero de hoy día, que es el equivalente a un asalariado de empresas de servicios o autónomo dependiente de uno de los gigantes de la gig economy probablemente no vote como resultado de un arrebato de romanticismo revolucionario.

Quizás, el 4 de mayo, en lugar de quedarse en casa jugando a la PlayStation, el obrero «desmovilizado» decida votar con el bolsillo, o le haga el «voto peineta» a Podemos. Como comenta Schapire en La traición progresista, «cuando el elector no se reconoce en la representación de la realidad que le ofrece el relato dominante, canaliza su frustración pateando el tablero con un voto en forma de dedo mayor levantado o buscando un reflejo de sus inquietudes en la prensa de demagogos de extrema derecha a quienes hace rato no les importa nada el qué dirán».

El colectivismo de izquierdas busca segregar y dividir a los ciudadanos en función de identidades que tienen más de ficticio que de real. Es una campaña llena de mitos como la falacia de la reificación, que intenta dotar a abstracciones, como «la mayoría» o «el barrio de Salamanca», propiedades que pertenecen en realidad a entidades concretas, a los individuos. Se les dice a los ciudadanos que el voto correcto es el voto a la izquierda. Podrían tal vez restringir el sufragio sólo a aquella «mayoría» que piensa correctamente.

Quiero creer que las generalizaciones megasimplistas están destinadas al fracaso porque no se ajustan a la realidad, no son capaces de entender la complejidad debido a una visión demasiado ideologizada. Las personas siempre pueden entusiasmarse con una ideología; quién sabe si, en 2021, en Madrid, el colectivismo de barrio consigue arrancarle el voto a algún buen vecino.

Lo más gracioso de toda esta campaña es que en la palabra autorizada de Podemos no hay ningún obrero, de hecho, Echenique vivía hasta hace poco en el barrio de Salamanca. ¿Dónde están los obreros de Podemos? Iglesias y sus compañeros de partido representan a una izquierda caprichosa y antisistema que vive de lujo gracias al sistema y que ha abandonado los problemas del día a día de las clases trabajadoras, como los salarios o la vivienda digna.

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