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Las colillas

Foto: Julia Engel | Unsplash

La humanidad estival tiene -me incluyo- algo de plaga veterotestamentaria. Nos precipitamos sobre las playas con unánime ferocidad, agolpándonos en las orillas, como si quisiéramos regresar a los orígenes. Se sigue de aquí un ejercicio de convivencia democrática que apenas conoce divisiones ideológicas o de clase: todos, o casi, bajo el sol. Hay, sin embargo, una minoría que se comporta como mayoría: los fumadores. Basta escarbar un poco en la arena para encontrarse, en su obstinada fealdad, con las colillas; en todas partes y a cualquier hora. Son el testimonio de un vicio privado al que no se conocen virtudes públicas. Y quizá sea hora de preguntarse por qué las playas han de convertirse cada verano en planta de residuos de la industria tabaquera.

Naturalmente, no todos los fumadores actúan con la misma indiferencia. Pero los datos son concluyentes: hasta el 65% de los cigarrillos consumidos acaban en el suelo según las últimas estadísticas. O sea, unos 5 billones de colillas anuales, que tardan entre ocho y doce años en descomponerse, liberando sustancias tóxicas que a menudo acaban contaminando mares y ríos. Hace dos veranos, que son los datos que tengo a mano, se encontraron en las playas españolas 18 colillas por cada botella de plástico; no en vano, se trata de la primera fuente de basura mundial. Difícilmente sorprenderá que se haya prohibido fumar en muchas playas norteamericanas, mientras en algunas europeas empieza a recomendarse no hacerlo.

Ojalá fuera distinto. Pero en el gesto del fumador que tira despreocupadamente su cigarrillo sin mirar atrás, en verano o en invierno, se resume un problema colectivo que sigue contemplándose con lenidad. Tal vez nos parece que entran en conflicto un individuo que desea ejercer legítimamente su libertad y un calvinista metomentodo que insiste en salvarlo de sí mismo. Pero no van por ahí los tiros. Ante 4.5 trillones de colillas, el argumento de la libertad individual tiene poco recorrido. Y no digamos la idea, esgrimida con desconcertante frecuencia, de que en el espacio público nuestra libertad se ve intensificada. Sucede justamente lo contrario: la convivencia nos exige ser más refinados en el uso de la libertad, mientras en casa podemos embrutecernos cuanto queramos. No es un argumento ideológico: aplicando el Principio del Daño formulado por el mismísimo John Stuart Mill llegamos a la misma conclusión.

Se trata de un problema que, como muchos de los que atañen al entorno común, deriva de la agregación de conductas individuales. Una colilla en una playa española es irrelevante; no puede decirse lo mismo de los dos millones que se encontraron el año pasado en nuestro litoral. Es verdad que las teorías morales clásicas, como la deontología o el consecuencialismo, se encasquillan ante esta clase de problemas: ni el fumador quiere hacer daño, ni podemos establecer una relación causal directa entre su cigarrillo individual y el deterioro medioambiental. Tampoco cabe invocar la salud del fumador: es asunto suyo. Y aunque parecería aconsejable separar niños y cigarrillos, no todo el mundo estará de acuerdo.

Todo sería más sencillo si se generalizase la figura del fumador razonable, consciente de la naturaleza problemática de su hábito o adicción. Problemática, se entiende, para los que no fuman y para su entorno. Aún estamos esperándolo. Y no sería de extrañar que, como sucedió con los espacios públicos cerrados, llegue antes la prohibición que la virtud.

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