Daniel Capó

Colina vaticana

Una luna teñida de sangre se cierne sobre la colina vaticana. De fondo, un fresco de intrigas palaciegas que reflejan una crisis mucho más honda. La carta escrita por el exnuncio vaticano en los Estados Unidos, Carlo Maria Viganò, –un J’accuse en toda regla contra el papa Francisco y algunos de sus colaboradores– supone un paso del Rubicón inaudito en la reciente historia de la Iglesia.

Opinión

Colina vaticana
Foto: HANDOUT
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

Una luna teñida de sangre se cierne sobre la colina vaticana. De fondo, un fresco de intrigas palaciegas que reflejan una crisis mucho más honda. La carta escrita por el exnuncio vaticano en los Estados Unidos, Carlo Maria Viganò, –un J’accuse en toda regla contra el papa Francisco y algunos de sus colaboradores– supone un paso del Rubicón inaudito en la reciente historia de la Iglesia. Surgen nuevas preguntas sobre la dimisión de Benedicto XVI –¿fue forzado a ello?–, sobre el papel que desempeñan los distintos lobbies internos, sobre la existencia –o no– de redes organizadas de encubrimiento de abusos sexuales y sobre la lealtad de la curia a los últimos papas. El incendio político coincide en el tiempo con una crisis de vocaciones –y de feligresía–, se diría que sin precedentes, y con la profunda desorientación doctrinal que sufren los católicos enfrentados al relativismo postmoderno. Como si se tratara de una delirante escena mitológica inducida por las Erinias, una Iglesia envejecida se devora a sí misma con sus vergüenzas expuestas al mundo. El filósofo alemán Robert Spaemann ha escrito en su comentario a los salmos que, si Jesucristo fue crucificado en el Gólgota, tampoco su Iglesia se verá eximida de su propio calvario. El sesgo en la lectura adquiere así rasgos apocalípticos.

En realidad, dos concepciones del catolicismo se enfrentan en una guerra cultural que es también la de nuestro siglo. Ahí late un conflicto de identidad, el de la modernidad frente a la tradición: disolverse en el mundo o ser su contrapunto, sumarse a la corrección política o ceñirse al dogma. Al progresista Bergoglio y al conservador Wojtyla les une un similar aprecio por el poder de las masas y por la política. Más retraído e intelectual, más inclinado hacia el pesimismo agustiniano, el alemán Joseph Ratzinger previó a finales de los años 60 un catolicismo reducido a pequeñas comunidades, arcas de Noé navegando en un proceloso océano. Pensar que Viganò –cuyas acusaciones han sido ya negadas por otros prelados, incluido el secretario del papa emérito– ha actuado sin coordinarse con la oposición dura a Francisco seguramente sea de ilusos: la guerra civil entre ambas facciones tiene lugar ya en campo abierto. Y, a medida que el fuego de artillería vaya in crescendo, la profunda línea que separa ambas concepciones del catolicismo –la progresista y la conservadora– amenaza con poner a prueba la firmeza de los pilares del Vaticano.

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