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Foto: Francisco Seco | AP

Hace unas semanas pasó por mi timeline un tuit del portavoz del PNV Aitor Esteban. Esteban es parlamentario que goza de buena reputación por su oratoria fluida y seca, sin concesiones, ocasionalmente irónica y siempre con ese aire de industrial de provincias que viene a lo suyo; porque es mucho más fácil parecer una persona seria cuando nunca tienes que aparentar que hay en cuestión otra cosa que tu cuenta de resultados. Sería, para entendernos, un Jaume Canivell éuskaro si La escopeta nacional fuese un thriller o una peli de tribunales en lugar de una comedia; en este mundo al revés de los nacionalismos del siglo XXI en el que los soberanistas vascos ejercen de serios negociantes mientras parte de la burguesía catalana ha hecho de Waterloo su particular Palmar de Troya.

En fin, decía que se le tiene por gran parlamentario, y es sin duda un gran profesional de la política; pero yo no le hacía políglota salvo por el batua, y el tuit venía escrito en inglés. Respondía a un demógrafo alemán que señalaba un hecho trivial y bien conocido: las persecuciones de brujas fueron anecdóticas en las católicas España, Italia e Irlanda frente a la dimensión del fenómeno en la Europa central y norteña protestante. Decía así: “Spain enlightened? Remember the “Inquisition”. Burning witches mostly in the Basque Country but executing converted Jews and Moors everywhere”.

Como tengo reciente el libro de Gustav Henningsen sobre la brujería vasca y es tema que me interesa, me he ido a consultarlo de nuevo y a releer cómo la lucha del Santo Oficio por el monopolio de los juicios de brujería salvó a muchos infelices de la quema; infelices que, aun después de ser liberados por los inquisidores, se encontraron en ocasiones la muerte al volver a sus lugares de origen. La realidad del caso es que fue la Inquisición española casi siempre la principal barrera contra las persecuciones indiscriminadas del pueblo y las autoridades locales, por la sencilla razón de que, en la estela del burgalés Salazar y Frías, muchos inquisidores no creían en brujas; y habían determinado que lo mejor contra los brotes de “brujería” era el silencio que merece la superstición. Cosa por cierto que compartía con la Iglesia medieval; pues en el período anterior al Malleus Maleficarum de Institor y Sprenger, la condena de los inquisidores te podía caer por creer en brujas en lugar de por serlo. Un caso más de la frecuente bendición que supone disfrutar de la “gobernanza multinivel”, como diría nuestro querido Daniel Innerarity, y del influjo racionalista de metrópolis lejanas, en lugar de quedar abandonado a la vigilancia de vecinos y élites del terruño. Bien lo saben en algunos pueblos del País Vasco y Cataluña todavía hoy.

Esta es la realidad del asunto. Si el señor Esteban no se lo cree, suelo estar por el Congreso y le presto el libro de mil amores; aunque seguro que también se lo consiguen en la estupenda biblioteca que tenemos en la planta baja de Palacio. La anécdota de la brujería, que quizás no es más que eso, me lleva a pensar en la curiosa inversión de valores operada en la izquierda española entre la Segunda República y la Transición. Otro tuit, en este caso del periodista Pedro Vallín, me permitirá introducir la cuestión. Se refería Vallín el 7 de febrero a “uno de los partidos democristianos más profesionales del continente actuando de acuerdo a los principios civilizados de la Ilustración y del liberalismo democrático.” El partido era el PNV, y la ocasión un parlamento grabado de Andoni Ortúzar contra la manifestación del día 10 en Madrid. Para el caso, poca importancia tiene lo que dijera Ortúzar, aunque apuntaré que se refiere con profusión al diálogo -“nosotros los hemos practicado aquí en Euskadi”. Lo interesante es más bien cómo el partido carlistón de Dios y la Ley Vieja ha pasado en el imaginario de buena parte del progresismo español a encarnar una modernidad que cabalga sobre su conversión, de los 80 hacia acá, en un partido catch-all de corte tecnocrático cuya razón de ser total es la gestión del privilegio fiscal vasco y sus réditos. Es decir, en la actualización para el S. XXI de un foralismo que, si hoy día se aplica a menudo en su comunidad con políticas dignas de un manual de la OCDE, no representa en origen otra cosa que transferencias desde las regiones más pobres a las más ricas en virtud de privilegios históricos, derechos territoriales y cartas medievales. Todo ello aderezado con sus toquecitos de etnicismo y sus ironías sobre los “españoles”, como las que nos regalaba el señor Esteban durante el debate la moción de censura en la que acabaron apuñalando al difunto Mariano Rajoy.

Por algún motivo hemos normalizado en España la percepción anómala de que los privilegios territoriales y fueros habidos y, si llegase el caso, por haber representan un progresismo de orden superior -el verdadero liberalismo, incluso, según Vallín. Mientras que quienes desde la izquierda los critican, como un Ovejero o un Savater, pasan inmediatamente a engrosar las filas del facherío. O de la “desfachatez”, como dijo el poeta. La fascinación que un cierto tipo de progresista mesetario tiene por estos negociantes de cupos y fueros me recuerda a esos chavales que en Cantabria, Logroño o Burgos empezaron hace unas décadas a disfrazarse de batasunos, a lucir horribles mullets, aros en las orejas y gruesas camisetas de rayas, en un intento desesperado de adquirir una identidad mejor. Pero al menos estos chicos merecían la ternura que se debe a los inocentes y los desafortunados.

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