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¿Cómo defender la casa de nuestros hijos?

No hubo una guerra, ni siquiera vivimos un conflicto secular cuyas raíces milenarias se pierden en la nebulosa de los orígenes. Pero sí estamos sufriendo una persistente batalla por el pasado en el País Vasco con calculados embates desde una apologética abertzale que tiene multitud de altavoces mediáticos. El peso de esta labor lo lleva la Euskal Memoria Fundazioa, una organización que busca “reconstruir” la historia de “Euskal Herria, en la medida en que padece la opresión y la negación como pueblo, ha sufrido a lo largo de los siglos la falsificación constante de su historia”. No me negarán que es toda una sincera declaración de intenciones. Quizá sus propuestas no sean tan delirantes como las del Institut Nova Història, sin embargo, resultan mucho más nocivas.

Los vascos del siglo XXI y sus problemáticas político-sociales poco tienen que ver con las de los vascos decimonónicos o con los habitantes de la región durante la Segunda República. Y no digamos nada si nos retrotraemos más allá en el tiempo. De encontrarnos hipotéticamente no nos reconoceríamos fácilmente. La distancia es tan amplia que sus coordenadas mentales se han vuelto incomprensibles para la gran mayoría de nosotros. Lo mismo sucedería, dicho sea de paso, en cualquier otro lugar. Pero aquí tenemos a estos partisanos de la desmemoria luchando contra la supuesta falsificación de la historia de los vascos. En el fondo, como afirmó en un sugerente trabajo Damian Thompson, son unos nuevos charlatanes generadores de contraconocimiento, es decir, aquellos presentan como hechos contrastables lo que no son más que informaciones erróneas. Los fundamentos sobre los que se edifican sus mentiras no importan demasiado porque proporcionan una representación de la realidad simplista y de fácil asimilación para sus seguidores.

Un recorrido por los catálogos de la red pública de bibliotecas de la Comunidad Autónoma Vasca no deja lugar a dudas sobre estas presencias en el espacio público. El repertorio historiográfico que se puede encontrar en ellas no es más que el reflejo del marco nacionalista hegemónico, especialmente en su vertiente más radicalizada. Si, además, echan un vistazo por las mesas de novedades de las librerías se encontrarán con muchos ejemplos de este tipo de narrativa. Para encontrar libros solventes de los especialistas, tendrán que buscar en los estantes o, directamente, pedirlos a los encargados. En resumen, es más fácil que un posible lector tenga acceso a los escritos auto-justificatorios de Arnaldo Otegi o Iñaki de Juana Chaos que a obras que intenten analizar lo que significó el terrorismo en la historia reciente del País Vasco. Y no será porque no las hay. No olviden tampoco un reciente episodio grotesco: la televisión pública se negó a emitir los trabajos sobre el terrorismo de Iñaki Arteta porque mantenía una visión sesgada, pero no dudaron en colocar dentro de su programación otro documental que comienza denominando a los terroristas como “presos vascos”.

Vivimos un tiempo nuevo desde el “cese definitivo de la actividad armada”. Por primera vez desde finales de la década de los sesenta los que se dedicaban a la política pudieron acallar a los que tenían las armas. No quiero ser uno de tantos profetas con mercancía averiada, pero la historia de ETA va camino de concluir como tantas otras bandas terroristas que ha conocido el continente europeo: ya no quedará nadie para echar el cierre. Y este posible final se lo debemos agradecer a las instituciones de nuestro país que tuvieron que aprender a marchas forzadas, con episodios negros que no debemos obviar, cómo se podía acorralar a la bestia terrorista. Pero todo esto no significa que la autodenominada izquierda abertzale se haya transformado. Los de la “política” vieron la ventana de oportunidad para llevar a cabo su proyecto por otros medios. Otegi lo dijo sin ambages hace unos meses: “hemos hecho una apuesta decidida por la paz, por cambiar de estrategia”. Solamente eso: un cambio de estrategia.

Continúan siendo los mismos que han cuarteado la sociedad vasca desde la negación de sus premisas democráticas y liberales – libertad, pluralismo y derechos humanos. Recordemos que por cada asesinato había un pequeño grupo de personas que empuñaban las armas, decenas de chivatos cercanos a las víctimas, centenares de jóvenes socializadores del terror en las calles y miles de personas que, en cada rincón del País Vasco, se colocaron frente a las manifestaciones pacifistas para insultarlos y amedrentarlos. A todos ellos se los quiere presentar hoy como artífices de una paz desmemoriada. Después de más de ochocientos asesinados, la única autocrítica que ha salido de sus bocas ha sido un “también nosotros somos responsables del sufrimiento que se ha causado”. Vuelvan a releer la frase: también.

Y así las cosas, hace unos días la asociación Etxerat, que busca la amnistía de los presos etarras, organizó una manifestación a la explanada del museo Guggenheim, el mismo lugar donde fue asesinado al ertzaina José María Aguirre Larraona. No necesitamos más demostraciones para comprender sus intenciones legitimadoras. Recuerden ese “también” indecente. ¿Por qué no van a poder manifestarse allí?  Ellos también son víctimas… Siguen siendo los mismos y no tienen el propósito de cambiar. Nunca creyeron en las bases sobre las que se asienta cualquier democracia liberal. Sólo han intentando vampirizarla para su propio provecho. Y no les ha ido mal. Es más, ni siquiera necesitan echar paladas de tierra sobre el pasado porque continúan cómodos en su orgulloso discurso de siempre: “fue una guerra y nosotros pusimos los héroes”. Frente a esta falsedad, el riesgo de la inacción es altísimo. Por lo tanto, tendremos que entrar de lleno en estas polémicas por la historia para que no consigan que su relato sea hegemónico en un futuro no tan lejano. Pero, sobre todo, debemos ser conscientes de una cuestión esencial: buscan este campo de batalla para evitar el debate político cotidiano.

Seamos responsables con el presente, por una vez, no cargando nuestras pretensiones sobre las espaldas de los antepasados. Habrá que desenmascarar los usos torcidos del pasado, pero sin enfangarnos en un debate sin fin donde los partisanos de la desmemoria se mueven como peces en el agua. De esta manera, podremos alcanzar incluso un cierto grado de libertad sobre la historia, lo que no es poco en una sociedad que se asienta en una nostalgia patológica sobre lo que nunca fue. Uno de los poemas clásicos del imaginario nacionalista vasco es Nire aitaren etxea [La casa de mi padre] de Gabriel Aresti contiene unos versos con un sabor tan identitario como melancólico: “Me moriré,/ se perderá mi alma,/ se perderá mi prole,/ pero la casa de mi padre/ seguirá/ en pie”. Frente a este final, el también escritor y político Mario Onaindia coronó uno de sus estrofas con la defensa de “la casa de nuestros hijos”. Así sea.

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