Juan Manuel Bellver

Cómo evadirse con Agatha Christie

«En pleno confinamiento de Madrid opto por refugiarme en la evasión de la lectura, recuperando la colección de Agatha Christie»

Opinión Actualizado:

Cómo evadirse con Agatha Christie
Foto: BBC| Reuters

«Los motivos para el asesinato son a veces muy triviales, señora. El más frecuente es el dinero. Luego están la venganza y el amor, el miedo, el odio puro y la beneficencia», explica el detective Hércules Poirot a una dama en una escena de la novela Muerte en el Nilo (1937), cuya nueva adaptación cinematográfica llega a las pantallas españolas el próximo 23 de octubre dirigida y protagonizada por Kenneth Branagh.

En pleno confinamiento de Madrid debido al aumento de casos de COVID-19, con los políticos de uno y otro bando dando un espectáculo bochornoso, los ciudadanos entre perplejos y angustiados y el ambiente cada vez más enrarecido, opto por refugiarme en la evasión de la lectura, recuperando de entre mis viejos libros la colección de Agatha Christie.

Aquellas ediciones de bolsillo de la editorial Molino, con esas fascinantes portadas de Tom Adams a modo de bodegones llenos de pistas sobre el crimen, son uno de los recuerdos más felices de mi pre-adolescencia y la de tantos chavales de la generación EGB que, en los 70, nos fascinábamos con sus relatos de intriga.

En el año en que uno de sus personajes más emblemáticos, el investigador belga Poirot, hubiera cumplido los 100, Branagh vuelve a ponerse el bigote postizo para dirigir su segundo largometraje basado en una narración de Christie, tras el éxito de Asesinato en el Orient Express (2017). El histrionismo como intérprete del cinco veces candidato al Oscar le va que ni pintado al estrafalario detective, aunque uno no puede dejar de pensar en otros excelentes actores que han precedido al irlandés en esta misión, desde Albert Finney hasta Peter Ustinov, pasando por el televisivo David Duchet.

La historia se sitúa en el periodo de entreguerras, en un crucero vacacional por el Nilo. Se produce un asesinato en un barco en el cual viajan diversos personajes de nacionalidad británica y el ínclito Poirot, que inmediatamente pone sus pequeñas células grises a trabajar.

Linnet Ridgeway, la muchacha más rica de Inglaterra, aparece muerta con un disparo en la sien y –como es preceptivo en un relato de esta autora– cualquiera podría ser el culpable. Hay también un intento de asesinato previo haciendo caer una gran piedra, una mujer acuchillada con un bisturí, fraude, chantaje, contrabando de armas, el robo de un collar de perlas… Y hasta ahí puedo contar para no fastidiarles el final.

Muerte en el Nilo –que en su primera edición española se tradujo como Poirot en Egipto para distinguirlo del título homónimo de Parker Pyne– no es, como afirma algún artículo, la continuación de Orient Express, sino la cuarta novela que Agatha Christie publicó en 1937, tres años después de que saliera el citado relato ferroviario. Y su trama no guarda relación alguna con este, salvo por tener a Poirot como personaje principal.

Fascinada por Egipto, su autora lo escribió de un tirón durante su estancia en el hotel Old Cataract de Asuán. Y, fiel a su forma de contar casi cinematográfica, alterna escenarios del Reino Unido con exóticos paisajes de la tierra de los faraones, dándole a la narración un toque tenso y glamouroso en los días previos a la Segunda Guerra Mundial.

Christie consideraba esta como una de sus mejores obras de «viajes al extranjero» y estaba particularmente orgullosa de algunos de sus personajes, sobre todo del triángulo formado por Linnet, Simon y Jacqueline. Como ávido lector suyo, les confesaré que no es de mis preferidas, quizá porque la trama se pierde un poco en los prolegómenos y la presentación de los numerosos protagonistas, tarda demasiado en llegar la acción y el desenlace me resulta un tanto forzado y romanticón. Pero no quiero darles más pistas.

«El amor no significa que estemos a salvo y seguros», ha comentado Branagh sobre el guión de Michael Green, de quien ya conocemos su habilidad para los scripts inquietantes por Alien: convenant o Blade Runner 2049. «A medida que transcurre la historia, se va volviendo cada vez más oscura y pertubardora y sexy, porque se acentúan las cuestiones relacionadas con la posesión, la lujuria y los celos, emociones primarias que afectan a la gente de formas muy distintas».

Visto lo visto, no pienso perderme el filme, aunque tengo dudas de vaya a mejorar el resultado de la anterior versión de Don Guillermin (1978), que me gustó bastante, con un Ustinov pletórico arropado por un casting apabullante: Bette Davis, David Niven, Mia Farrow, Maggie Smith y mi adorada Jane Birkin… En favor de esta nueva cinta, está el presupuesto con el que ha contado Branagh para rodar en Egipto y, a título patriótico, la presencia del canario Paco Delgado como diseñador del vestuario, estupendo profesional que ya ha sido nominado a la estatuilla de la Academia por sus trabajos en Los Miserables La chica danesa. Así que démosle un voto de confianza.

Además, parece que Agatha Christie va a ponerse de moda en pleno siglo XXI, a decir de los recientes comentarios del cineasta irlandés a The Hollywood Reporter: «En sus libros hay un universo fascinante que explorar –explica–. Sientes que, al igual que Dickens, ella creó un mundo completo lleno de personajes viviendo en él y tiene muchas posibilidades para el cine». En ese sentido, vale la pena hacerse con una copia del reciente El Universo de Agatha Christie (Diábolo Ediciones), de Juan José Montijano Ruiz, donde el novelista y dramaturgo granadino investiga su vida, su obra y su proceso creativo.

Como es sabido, Agatha Mary Clarissa Miller (1890-1976) fue una escritora británica especializada en el género de intriga, que nunca tuvo reconocimientos oficiales ni premio literarios, a pesar de que su vasta producción de 66 novelas policiales,  seis novelas rosas, 14 historias cortas —esas, bajo el seudónimo de Mary Westmacott— y algunas adaptaciones teatrales fuera traducida a 44 idiomas y haya vendido en todo el mundo más de 2.000 millones de ejemplares, habiendo sido declarada por la Unesco en 1961 como la autora más leída del pasado siglo.

Continuadora del estilo de Conan Doyle, la crítica más ortodoxa ha despreciado proverbialmente su producción literaria a pesar de algunos logros que han pasado a la historia de la cultura popular, desde crear de personajes inmortales como Hércules Poirot, Miss Marple o el matrimonio de sabuesos Tommy y Tuppence Beresford, hasta urdir tramas tan imaginativas como las de Diez negritosLa ratonera (1939) o Testigo de cargo (1948), pasando por su retrato costumbrista de la rancia sociedad inglesa de los años 30.

«Hago novelas en cadena, como quien hace salchichas», solía bromear, quizá para quitarle hierro a los defectos que el establishment cultureta le reprochaba: la artificiosidad y reiteración de sus historias y el conservadurismo ideológico inherente. Para los amantes de la novela negra surgida en Estados Unidos tras la contienda internacional, con Dashiell Hammett y Raymond Chandler la cabeza, los modales post-victorianos de nuestra dama, con su vida en la campiña y sus tacitas de té, resultaban caducos y casi impostados.

Pero yo sigo disfrutando de su lectura como un pecado venial con coartada nostálgica. Las novelas de Agatha Christie me enseñaron de niño que la discreción y los buenos modales abren muchas puertas, que el mérito y el intelecto valen más que la fuerza bruta o las artimañas y que el bien siempre termina imponiéndose al mal. Son valores tan simples que parecen pueriles, pero que hoy más que nunca resulta esencial reivindicar.

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