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Cómo sobrevivir al verano

Foto: LUKE MACGREGOR | Reuters

Mi método va mucho más allá del manual de supervivencia: no piense en divertirse, no se esfuerce en descansar y, sobre todo, no veranee. Concentrarse en divertirse es una paradoja etimológica y existencial que conduce a la neurosis. Esforzarse en descansar es un oxímoron. Veranear convierte un sustantivo tan evocativo como el verano en un verbo activo, con lo que exige eso.

El verano es una ola en la playa. Se puede aguantar estoicamente el golpe de mar, o sea, el veraneo a pie firme, como un hoplita de las vacaciones, arrostrando el revolcón. Se puede uno tapar la nariz, cerrar los ojos y meter la cabeza por debajo de la ola, esto es, rebajar las expectativas y dejar que el veraneo nos pase por encima. O se puede coger impulso y saltar grácilmente sobre la ola, como Dick Fosbury. Ni rozar la ola. No veranear por amor a los veranos.

¿Cómo se hace? Veraneando todo el año, empalmando veranos. Hay que desprenderse de inmediato de la angustia que el veraneo impone. Desactive la cuenta atrás, que es la auténtica bomba de relojería —tic-tac— de los veraneantes. Convénzase: no son las vacaciones las que interrumpen los días laborales, sino el trabajo el que da un breve respiro a nuestra intensa vida de rentistas epicúreos. Hay que mirar el año como si fuese un tablero de ajedrez, fijamente, hasta que deje de ser unos cuadrados blancos desperdigados sobre un fondo muy negro y se convierta en un inmaculado fondo blanco, como de arena de playa, con algunos cuadrados negros de días de trabajo por aquí y por allí para romper la monotonía (y ganar un sueldo (y santificarse)). Hay que ser un señor que trabaja algunos días como otros se empestillan con el croquet o se machacan en el gimnasio o triscan por las montañas. Al verano hay que llegar entretenido por el trabajo y, sobre todo, entrenado por haber vivido dulcemente los fines de semana y los días de fiesta, la Navidad y la Semana Santa, y las tardes y las noches de cada día. Entonces, la angustia por disponer apenas de unos días fugaces, cercenados, encima, por la masificación, el calor y los precios, no le amargará. Los días serán fugaces, naturalmente, pero el gozo suyo el de siempre. Para redondear el efecto, conviene ir al mismo sitio todos los veranos, para reencontrarse a los viejos amigos y decir: “Como decíamos ayer…”

Descartada la avidez del que cuenta y recuenta sus monedas menguantes de días de vacaciones, se salta por encima del veraneo. Estamos en nuestro elemento. Y está el mar. O la montaña. Teniendo clara la idea esencial, solamente hacen falta algunos pequeños trucos para burlar al malestar que nos cerca.

No se ponga cómodo. Siga vistiendo como el señor que es, incluso en traje de baño. Si tiene oportunidad, anime mucho a los demás en sus planes de viajes exóticos. Usted limítese a adelantar su reloj. Baje a la playa temprano y la tendrá solitaria y recién limpia. Los niños podrán correr lejos. Cuando los somnolientos y resacosos turistas empiecen a desparramarse sobre la arena, sonría, y súbase, sin dejar de saludar con amabilidad (y piedad) a los que se cruce. Si va a cenar fuera, llegue el primero. Habrá mesas disponibles, cartas intactas y camareros no exhaustos. Si puede, lleve consigo a algún madrileño. Cuando venga la factura, él celebrará que es baratísima. Costará creerle, pero tanta alegría ayuda a pasar el trance.

No se pregunte si está aprovechando sus vacaciones. “Que aproveche” no se dice jamás a quien está almorzando, ni se piensa nunca. Lo mercantiliza todo. No proteste de los atascos. Si se ve en uno, cante las alabanzas del aire acondicionado, de la música del coche y de la conexión del móvil que le permite leer allí mismo los artículos de The Objective. ¿Qué marqués barroco viajaba con tantos lujos en su carruaje de ocho lacayos, y a una velocidad no superior a la suya? Hablando de marqueses, aunque haya caído en la playa más inclusiva, su compañía ha de ser exquisita: lea títulos de mérito. Bajo una sombrilla, hasta la brisa del mar, como un asistente personal, nos ayudará a pasar las hojas.

No haga fotos.

Si tiene calor, recuerde que la baronesa Blixen se fue a vivir a Kenia porque así podría vivir en pleno siglo XX como un rentista de Jane Austen, y lo disfrutó intensamente, y eso que se deslomó en su granja mucho más que usted en su veraneo. Acuérdese de ella y no le diga a todo el mundo que hace calor. La gente ya lo sabe. No se queje de nada. Quien protesta del verano no se lo merece: es un veraneante. Y usted, como yo, es partidario del verano, de los veranos, del año entero, de la buena vida. No dejemos que nos confundan.

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