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Cómo tener talento

Foto: Kinga Cichewicz | Unsplash

¿Se nace o se hace? ¿Es el talento como la rosa, que solo puede ser rosa si nace del rosal? ¿Qué es exactamente el talento? A veces decimos eso de tal o cual tiene mucho talento para la escritura y no nos paramos a ver de dónde parte ese talento, pues lo percibimos como algo que ya ha sucedido, un todo, sin desgranar sus ingredientes. ¿Pero cuánto tiene el talento de aprendizaje? ¿Cuánto de práctica y constancia? ¿Cuánto de mirada que se enseña?

Yo creo que uno puede enseñarle “talento” a cualquiera que tenga interés, porque ese es precisamente el cimiento del talento, el interés y, como pescadilla que se enrosca, la enseñanza lo despierta. Gracias al interés, podemos añadir y añadir ingredientes para cultivarlo, desgranarlo, amasarlo. Las ideas llaman ideas y el conocimiento añade tonos y aristas a nuestra forma de mirar.

Es cierto que las personas con una curiosidad innata, que hacen preguntas y preguntas, que miran la realidad de las cosas más nimias desde todos los ángulos y que se apasionan por un solo tema, llegan a formas virtuosas de talento en su oficio. Cultivan talento para las finanzas, talento para la enseñanza, talento para la música… pero a veces, escogemos una profesión artística, tenemos gusto por la escritura, la música, la pintura y sin embargo, al compararnos con otros virtuosos de ese arte, sentimos la falta de talento como si la naturaleza nos hubiera otorgado una forma de ceguera.

Por supuesto, si pensamos en ello, descubriremos enseguida que el talento para escribir se compone de una serie de aptitudes, pero también de actitudes. Con las aptitudes, poco podemos hacer, pero en las actitudes hallaremos un camino alternativo a todo aquello supuestamente negado por la genética. En este camino de las actitudes tenemos que educar dos grandes elementos: la mirada y la práctica. La primera es la colección de posturas inquisitivas en las que nos colocamos para observar el mundo, la práctica, es la escritura de las ideas que parten de esa mirada.

Así que, ¿qué podemos hacer para alimentar el talento literario? ¿Cómo conseguir abrir esas puertas mentales hacia la imaginación, por poner un ejemplo? ¿Cómo se le ocurre a uno un personaje inmortal, una madame Bovary, un Mr Ripley? ¿Cómo se cultiva el oído para el diálogo? ¿Qué enriquece un texto? ¿Por dónde demonios se empieza? ¿Cómo abarcarlo todo sin morir en el intento? ¿Qué hacer cuando no sabes sobre qué escribir? Yo, muchas cosas las soluciono haciendo listas. Escaletas mentales, esquemas improvisados, así que haré un decálogo de cosas que quizá le diría a uno de mis hijos, a ver qué sale:

  1. Para cultivar tu talento, es recomendable leer, hablar, conversar, ver series, ver cine, leer la prensa, vivir, ver gente, ver arte, visitar lugares y preguntarse por el origen de las cosas.
  2. Observa a la gente. Fíjate en los más nimios detalles, porque es en los detalles donde están los personajes y sus historias. Cuando tengas un detalle, el que sea, abre esa puerta. Adéntrate en ella y en todo lo que ese detalle puede contar. Imaginemos por ejemplo una mujer. Una mujer que camina por la calle. Es una dama atractiva, pálida, delgada. Tiene un gran lunar en la mejilla. Pensemos no en la dama y su conjunto, no en describir lo típico: qué ropa lleva puesta, si es elegante o desastrada. Enfoquemos nuestro microscopio literario en ese lunar que tiene junto a la comisura de la boca y en todo lo que nos inspira. ¿Cuál es la historia del lunar? Pudo ser diminuto en su infancia, pero idéntico al de su padre, puede que su padre biológico no fuera su padre real, puede que el lunar sea un referente de anécdotas familiares, una marca del árbol genealógico, un lunar alabado en su juventud, deseado por un hombre obsesionado con las mujeres lunarosas, ¿Quién ha acariciado y besado ese lunar?, un lunar que camina por la calle, sobre el rostro de una mujer pálida y delgada… ¿A dónde va ese lunar? ¿Al teatro, al divorcio, al dermatólogo? Quizá se trata de un lunar que ha de ser revisado por un médico, un lunar que explica su origen, que le dio el amor y que causará la muerte de su portadora.
  3. Lleva siempre un cuaderno o ten a tu lado un cuaderno cuando leas. Al leer, surgen ideas, siempre. Anota todo lo que se te ocurra y lo extraordinario del libro que estás leyendo, las buenas frases, las metáforas atípicas. Todos tenemos ideas, constantemente y anotarlas y coger la costumbre de pensar hace que los pensamientos fluyan cada día con más intensidad. Pensar es una práctica. Hay que tener cuadernos y libretas literarias, apuntar citas de lecturas o películas, o frases de un amigo que llaman nuestra atención. Anotar lo propio, anotar lo ajeno.
  4. Escribir todos los días. Ten una rutina. Es cierto que la inspiración llega trabajando e incluso los días sin inspiración, los días frustrantes en los que no se avanza, son aprendizaje.
  5. No creas nunca que la primera versión es la mejor. Ay, qué apetecible es pensar que lo espontáneo es genial. A veces lo es, pero la espontaneidad son fogonazos, no constancia. La escritura está compuesta de muchas capas de constancia y reescrituras y añadidos. Hay que volver sobre el texto y revisar, y al hacerlo, llegan nuevos fogonazos brillantes. Eliminemos frases hechas, palabras repetidas, clichés banales. Simplificar, pulir, acortar, enriquecer, desmontar y montar, son elementos todos del talento. Rompe, corta, sigue el instinto, lucha desde la humildad de que el texto siempre es mayor y más sabio que nosotros mismos.
  6. Aprende a eliminar. Escribir es importante, pero borrar lo es más. Si cada vez que pasamos por un párrafo algo nos dice que igual es un poco rollo, fuera con el párrafo sin piedad. No confiemos en que al lector le gustará algo de lo que estamos dudosos.
  7. Inspírate en la realidad. Como el pintor que mira un paisaje o a una modelo para copiarla con su propio estilo artístico, busca un personaje, un crimen real, una anécdota vital y desarróllala con tu propia mirada. La propia escritura anima a la imaginación y es inevitable cambiar los hechos, crear amalgamas de personajes de los que surgen entes propios y geniales.
  8. Ponte a escribir en cuanto sientas la necesidad de hacerlo. Para eso es importante el cuaderno, porque la necesidad puede pillarte en el autobús. Además, los cuadernos vienen genial en las salas de espera, para releerlos o para llenarlos y matar el rato.
  9. No trates de copiar a otro. Busca qué cualidades tienes, qué se te da bien, qué te gusta y no qué es lo que se lleva o lo que les gusta a los demás. Para cuando quieras escribir lo que se lleva, ya habrá dejado de llevarse. Nunca te devalúes y digas cosas como: “nunca seré Kafka, pero…” o “nunca le llegaré a la suela de los zapatos a tal o a cual escritor”.  Esto es importante. Está permitido empezar siendo mediocre, porque nadie nace sabiendo. Ser brillante a la primera es absurdo. Es un lugar al que hay que llegar con experiencia, años de vida. Y sobre todo, para ser brillante, hay que creer que uno puede serlo. Todos tenemos nuestra propia forma de brillar. Obsérvate, pide consejo a los que te leen o te escuchan y pregúntales cuál es tu fuerte para fomentarlo, refinarlo, trabajar con esos elementos originales como base a lo demás.
  10. Busca el humor en todo lo que hagas. El humor vale para todo. Une, motiva, divierte, enseña y nos ayuda a aceptar las malas críticas.
  11. Si no se te ocurre de qué escribir, haz como yo y elabora una simpática lista de diez puntos, aunque te salgan once. Las listas siempre funcionan para salir de los atolladeros más dispares y luego ya recortarás para dejarla en diez.

Y sobre todo, piensa que tener talento es creer en algo, es no querer estar en otro lugar, es buscar lo que te hace feliz por motivos que van más allá de la vanidad y la gloria. El talento es el hambre y como el hambre, si lo acostumbramos con una rutina de jugoso alimento, lo sentiremos siempre a las mismas horas de una forma irracional, sorprendente y animal.

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