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Cómo vivir para siempre

Foto: Jessica To'oto'o | Unsplash

Ser madre, ser viuda, ser padre, ser feliz, ser infeliz. ¿Qué significan estas palabras realmente? Porque sabemos lo que significan según el diccionario, pero no tienen ni pueden tener el mismo significado para unos y otros, por mucho que memoricemos las definiciones. La palabra madre no significa lo mismo para un hijo que para un padre, para un hombre que para una mujer que desea tener hijos y sufre el revés de las circunstancias. No es lo mismo para aquel que perdió a su hijo o para quien jamás se propuso tenerlo.

Amistad, ¿qué es la amistad para dos que se hicieron amigos en la infancia y aún siguen dependiendo el uno del otro? ¿Cómo se sabe cuando un amigo es amigo-amigo o amigo durante unos años, nada más, porque comparte aficiones, profesión o actividades afines, pero no comparte la entraña, el espíritu de la comprensión recíproca, ese amor irrompible llamado amistad?

Las palabras que nos definen, o que se nos pueden aplicar, a menudo fluctúan entre dos mundos, el de la ficción y el de la realidad. La felicidad está mezclada con el miedo, con la rabia, con la lucha diaria, profesional o de otro tipo, con la lágrima del momento dramático.

Una buena persona ejerce pequeñas maldades, que quizá pasan más desapercibidas por su buen hacer moral. Todos somos malos, y mediocres en determinadas circunstancias y quizá, la diferencia es que nos preocupe serlo.

Que nos preocupe el mundo, que nos preocupen los hijos, que nos preocupe el dolor de los otros en su día a día, son esas cosas sin nombre, o nombradas por los psicólogos con la palabra empatía que también es inexacta, como todas las palabras.

Hay quien no entiende el material del que están hechas las palabras. Su física, su química, sus moléculas, su volumen y su alcance. Le llamamos “la magia de las palabras” igual que los hombres primitivos le llamaban al amanecer o al anochecer “la magia de los dioses”. Las palabras son fluídos e interactúan con las emociones y con otras palabras, formando una estructura exterior a la que aferrarnos. Un código imperfecto que depende tanto del que habla como del que escucha, del que escribe como del que lee.

De un texto entendemos lo que nos interesa, nos emociona lo que nos afecta, nos espanta lo que internamente nos altera.

Cuando me quedé viuda no sabía lo que era una viuda. Sabía lo que creía que era una viuda, en base a una serie de definiciones, clichés, noticias, frases, historias de Hollywood. En nuestra sociedad avanzadísima y cargada de siglos de cultura, primero existe la palabra y después la llenamos con rutinas, caminos de ida y vuelta, eventos, como el niño que pacientemente colorea mandalas, hasta que llega un día en que sentimos que llegamos a atisbar su forma tridimensional.

Cuando tuve a mi primer hijo, no sabía lo que era ser madre. Era madre, pero no había llenado la palabra. Una palabra que paso la vida llenando, como quien echa cemento para construir algo invisible o como quien hace la maleta más grande del mundo para otra persona. La maleta de todo lo que va a necesitar para construir la palabra “vida”.

Escoger lo que van a necesitar los hijos sin ver el futuro, menuda maleta difícil. Hay quien la llena de informática, de terceros idiomas, de mecanografía. Ahora sé que ser madre es llenarla de eso, para al fin, vaciarla, porque si no, no caben las cosas inmortales, esas que no dependen de la tecnología del futuro, sino de aquello que es básico en cualquier tiempo y lugar: una cultura moral, un sentido del humor, una forma de mirar para resolver cualquier problema y enfrentarse a las emociones propias y ajenas. Ser madre es hacer la maleta más grande del mundo con cosas concretas y después, quitar, eliminar, sacar de ella libros, normas, ejemplos, parabienes. Para alcanzar el pleno significado de la palabra hay que eliminarlo todo y borrarse, darle un beso en la mejilla a ese viajero, con una única palabra dicha al oído, que habrá de llenar, quizá durante largos años: “ama”.

Yo he sido muchas cosas antes de alcanzar algunas de las palabras más grandes de la tierra: palabras como madre, autora, señora, guionista, experta (experta en lo que sea). La vida es construir grandes palabras, que no empiezan con el primer empleo, el primer parto o el primer beso. Tampoco acaban. Se las dejamos a los demás antes de irnos, para que construyan su mejor versión de la vida en el adjetivo “feliz”. Eso sí que es una magia. Vivir para siempre en las palabras.

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