Juan Claudio de Ramón

Comparece el comendador

Es una de las escenas más impresionantes jamás compuestas para un escenario. Al final del segundo acto, en la oscuridad de la noche, Don Giovanni –nuestro Don Juan– se complace en sus jugarretas y fechorías ante la mesa bien servida de su palacio sevillano. Alguien llama, con estrépito, a la puerta. Muerto de miedo, el criado Leoporello es incapaz de responder.

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Comparece el comendador
Foto: Paul White
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Es una de las escenas más impresionantes jamás compuestas para un escenario. Al final del segundo acto, en la oscuridad de la noche, Don Giovanni –nuestro Don Juan– se complace en sus jugarretas y fechorías ante la mesa bien servida de su palacio sevillano. Alguien llama, con estrépito, a la puerta. Muerto de miedo, el criado Leporello es incapaz de responder. El propio Don Giovanni se levanta para abrir: es el comendador, asesinado en el primer acto por el libertino y que, transfigurado en estatua de piedra, viene a cobrarse su castigo. Retumba en el teatro la célebre sentencia: Don Giovanni! A cenar teco m’invistasti, que Mozart acompaña de un estruendo de trombones, el sonido terrible de los metales que sella la caída en los infiernos de su arrogante protagonista, enfrentado al fin a las consecuencias de su actos.

Al comenzar el juicio a los principales dirigentes nacionalistas que quisieron doblegar la ley democrática española en octubre de 2017, es inevitable evocar la figura de Leviatán. Tal es el nombre, como es sabido, del monstruo marino en el que Hobbes personificó el nuevo Estado soberano que asegura la libertad de todos sobre la base de reclamar para sí todo el poder, reservándose la facultad de descargarlo, como Júpiter su rayo, cada vez que el pacto social se infringe. Nos habíamos acostumbrado a ver del Estado solo su faz amable y asistencialista, cuando la crisis catalana nos recordó con crudeza su primordial función de garante del orden. Pero por debajo de esta elemental lección de teoría política, late una historia humana aún más esencial, vieja como las nubes: una historia de crimen y castigo. Como Don Juan, Junqueras y sus colaboradores alardearon de su bravura mientras cometían sus desafueros. Si Don Juan se rió en su cara del comendador, invitándolo con prepotencia a cenar, el huído Puigdemont posó ufanísimo con las advertencias escritas del tribunal, como salmones pescados a mosca. Y lo mismo que el burlador sevillano, los hoy sentados en el banquillo desoyeron los ruegos que les pedían enmendar su conducta.

Comparece ahora el comendador: la justicia. Hay quien sigue pregonando, cierto, que lo hecho por los acusados no fue mucho más grave que mascar chicle con la boca abierta. Pero los cargos son serios. Tampoco falta quien sostiene que la irrupción en escena de jueces y fiscales responde al deseo del gobierno de «judicializar el conflicto». Falso. Fueron Puigdemont, Junqueras, Romeva y compañía quienes invitaron a cenar a la justicia y la justicia ha venido. Por fortuna, la ley que habrá de aplicar es más garantista que la imaginación de los literatos: tendrán los acusados medios y ocasión de intentar probar su inocencia. Mientras tanto, sería bueno que sus sucesores se plantearan dar por cerrado el libreto del procés. Mozart y Da Ponte llamaron al suyo, ay, dramma giocoso.

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