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Compasión

Foto: Peter Kramer | AP Foto

A los que no les ha gustado Tres anuncios en las afueras son los que no entienden que la América profunda de Trump, la del ojo por ojo y diente por diente, pueda ser, al fin y al cabo, también compasiva. Que la grandeza y estupefacción de Estados Unidos es que todo puede suceder en el país de las oportunidades: como pasar de Obama a su antítesis en un periodo de ocho años.

La palabra compasiva no está de moda. El otro día en Madrid se celebraba un acto sobre las llamadas “ciudades compasivas” que buscan la implicación de los ciudadanos en el cuidado de los mayores y de las personas en fase terminal. El primer punto de discrepancia era entre los que rehusaban el término “compasiva” y optaban por “ciudades cuidadoras” y los que lo reivindicaban.

La compasión no es nada más –ni nada menos– que la empatía de ponerse en el lugar del otro. De identificarse con el sufrimiento ajeno. La capacidad de sentir y de perdonar.

Esta falta de perdón puebla el cine español. Con sus personajes a brochazos, donde los buenos son muy buenos y los malos son muy malos. Ya sea en las películas sobre la Guerra Civil o sobre la eutanasia.

Al inicio de Tres anuncios a las afueras me asusté. Pensé que la sociedad americana estaba rota en dos mitades y que se había podemizado si tenía que recurrir al maniqueísmo de sus personajes (ese policía racista tan malo…). Pero, como el mejor cine de Clint Eastwood, fue otra lección de humanidad. De aquéllos a los que aunque la vida les apriete y les ahogué, deciden que el enfado con el mundo les hace peores. De los que eligen la justicia a la venganza.

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