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Opiniones libres de algoritmos

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Compórtense como ingleses

El español es un ser sufriente. Solemos atribuir a nuestros males un carácter excepcional. No sabría decir si esto responde al narcisismo o a la ignorancia. Por eso el que la nación más cabal de la Tierra se vea infectada por una epidemia de demagogia y estupidez debería resultar, a estas alturas, un consuelo.

España está metabolizando su particular brote de populismo y esta semana expía en los juzgados toda una era de corrupción y derroche. La Audiencia Nacional no acoge el Nüremberg de la corrupción y el hecho de que hayamos bautizado así a los juicios de la Gürtel y las Black sólo indica que seguimos ebrios de excepcionalidad.

Yo soy uno de esos sentimentales que cree que no existe un espectáculo más conmovedor que el que ofrecen cada año miles británicos reunidos en la última noche de las Proms; en pie en el Royal Albert Hall, desbordando Hyde Park, rompiendo el silencio de los parques de Belfast o Glasgow al canto de “Rule Britannia // Britannia rule the waves // Britons never never never will be slaves”. Es una visión estremecedora que te reconcilia con la idea de nación y que te invita a pensar que desde luego que hay una forma superior de habitar este mundo. Y sin embargo.

El cuerpo desplomado del eurodiputado británico Steven Woolfe en el suelo del Parlamento Europeo es una pista para los historiadores. De un tiempo de repliegue y frustración; de los días en los que el proverbial orgullo se tornó en farsa.

Gracias a los supervivientes del naufragio del Titanic sabemos que cuando el barco empezó a escorar, cuando la tripulación asumió que el crucero se hundía y se desató el pánico, cuando los pasajeros empezaron a luchar desesperados por subirse a un bote salvavidas, se escuchó gritar desde el puente de mando al capitán Edward Smith, poco antes de pegarse un tiro en la sien: “Por favor, señores, compórtense como ingleses”. Compórtense, por favor.

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