José Antonio Montano

Con su espectacular monotonía

Ante la noticia de que han hallado «posibles indicios de vida en Venus», John Müller tuiteó algo sensacional: «Acabamos con ese planeta hace trillones de años y tuvimos que venir a este». Le respondí: «Pensar que ya no estamos en Venus es demasiado optimista, amigo Müller». Sí, es muy optimista pensar que ya no estamos en el descuartizamiento y la calcinación.

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Con su espectacular monotonía
Foto: NASA| Reuters
José Antonio Montano

José Antonio Montano

Más escritor que periodista. Desclasado y centrifugador.

Ante la noticia de que han hallado «posibles indicios de vida en Venus», John Müller tuiteó algo sensacional: «Acabamos con ese planeta hace trillones de años y tuvimos que venir a este». Le respondí: «Pensar que ya no estamos en Venus es demasiado optimista, amigo Müller». Sí, es muy optimista pensar que ya no estamos en el descuartizamiento y la calcinación.

Luego me acordé de El embarco para Citerea, de Guillermo Carnero. Citerea es la isla de Venus y el poema adquiere ahora un aire futurista: «Hoy que la triste nave estar al partir, / con su espectacular monotonía…». (Este segundo verso me parece el mejor adjetivado de la poesía universal.)

El poeta explica que ha tomado el título del cuadro de Watteau en que personajes frívolos suben al barco que va al amor, ignorantes de lo que les espera. Pero el pintor los mira desde una cierta distancia: él no está entre ellos, se le pasó la ilusión. Carnero lo expresa así: «Quiero quedarme en la ribera, […] / oír lejanos en la oscuridad / los remos, los fanales, y estar solo».

El indicio de la vida en Venus lo da un gas fétido, la fosfina, que existe también en la Tierra. «Se asocia –según los investigadores– a microbios que viven en entornos donde no hay oxígeno, incluido el fondo de algunos lagos, las aguas fecales y el intestino de animales, incluidos los humanos».

No está mal. Me recuerda a lo de Yeats: «El amor ha erigido su mansión / en el lugar del excremento». Y al poema terrible que Baudelaire también le dedicó a Citerea. El navegante avista esa «triste y negra isla» y, ya de cerca, distingue en su costa a un ahorcado picoteado por pajarracos: «Fosas eran los ojos y del saqueado vientre / los gruesos intestinos colgaban por los muslos…» (tr. Sarrión).

Al final de Un viaje a Citerea, el navegante (¡Baudelaire!) se descubre a sí mismo: «–¡Oh Venus!, en tu isla no encontré frente a mí / sino una horca simbólica donde pendía mi imagen… / –¡Ah, Señor! ¡Otorgadme el coraje y la fuerza / de aceptar sin disgusto mi corazón, mi cuerpo!».

Jaime Gil de Biedma, que también escribió su «Desembarco en Citerea», cita ese penúltimo verso en otro, «De senectute»: «Amanece otro día en que no estaré invitado / ni a un momento feliz. Ni a un arrepentimiento / que, por no ser antiguo, / ‘–ah, Seigneur, donnez-moi la force et le courage!–’ / invite de verdad a arrepentirme / con algún resto de sinceridad».

Concluye con un verso memorable, en el que me permito insertar un corchete para la ocasión: «De la vida [en Venus] me acuerdo, pero dónde está». Algunos seguimos allí, descuartizados y calcinados: su espectacular monotonía.

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