Ignacio Alvarez-Ossorio

Con voto, pero sin voz

Ningún país árabe ha sido presidido ni dirigido por una mujer. El recurso fácil es aludir al factor religioso para tratar de explicar esta circunstancia.

Opinión

Con voto, pero sin voz

Ningún país árabe ha sido presidido ni dirigido por una mujer. El recurso fácil es aludir al factor religioso para tratar de explicar esta circunstancia.

Ningún país árabe ha sido presidido ni dirigido por una mujer. El recurso fácil es aludir al factor religioso para tratar de explicar esta circunstancia. Sin embargo, varios países de mayoría musulmana como Pakistán, Indonesia o Turquía han tenido presidentas o primeras ministras por lo que se hace inevitable aludir también a otros factores socio-culturales. Parece evidente que el arraigado patriarcado vigente en las sociedades árabes juega un papel relevante.

En 2005 el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo publicó un demoledor informe titulado ‘Hacia la mejora de la situación de la mujer en el mundo árabe’ en el que constataba que la presencia de mujeres en los Parlamentos árabes apenas alcanzaba un 10%, el porcentaje más bajo de todo el mundo. También denunciaba la escasa participación de las mujeres en la economía (un 33,3% de fuerza laboral frente a una media mundial del 55,6%). El caso de Egipto es especialmente relavante, ya que en sus primeras elecciones tras la Primavera Árabe, las mujeres tan sólo lograron hacerse con un 2% de los escaños del Parlamento (frente al 12% que obtuvieron en las elecciones previas). Un retroceso sin precedentes. Mientras tanto en Marruecos, nuestro vecino del sur, más de la mitad de las mujeres son analfabetas, fenómeno especialmente preocupante en el ámbito rural.

En el curso de las últimas décadas, las organizaciones de defensa de la mujer árabe han venido reclamando una plena igualdad de género y la lucha contra todo tipo de discriminación. No obstante estas demandas han caído en saco roto. A pesar de que las mujeres tuvieron un papel determinante en las revueltas antiautoritarias registradas en Túnez y Egipto en 2011, los gobiernos islamistas salidos de las urnas se confabularon para impedir que tuvieran un mayor protagonismo político. Por ello parece que la emancipación de la mujer árabe sigue siendo una de las tareas pendientes de la Primavera Árabe.

 

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