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Confines del ridículo

Foto: Manu Fernandez | AP Foto

Hubo un tiempo en que no había un solo artículo sobre Cataluña que no se aliñara con la célebre cita de Tarradellas acerca del umbral de lo admisible en política, si bien a mí siempre me pareció más certero, por inmaterial, el aforismo de Perón sobre el viaje sin retorno.

Hablo, en efecto, del ridículo. En los últimos días, cuando más viene arreciando esta condición (me temo que inexorablemente idiosincrásica) menos se alude a ella, como si ya no fuera necesario advertir al lector de que se adentra en una entropía inverosímil, un lienzo a medio camino entre Munch y La Chunga por el que desfilan alborotadores a tiempo parcial, mossos que encabezan la manifestación caminando hacia atrás para que así parezca que la contienen, y un ejército de plañideras con la careta de Puigdemont (el mátrix de Girauta, ajá, hecho pueblo al fin), mientras aquél, 1.300 kilómetros al norte y en un rapto de flaqueza, conmina a Comín resignarse a la derrota, ofrendándole una consejería como premio de consolación.

Y eso al tiempo que Junqueras, entre flagelos y cilicios, fantasea con dos presidencias: la efectiva y la simbólica, acaso en consonancia con el espíritu de un país donde todo, desde el principal club de fútbol a las polichinelas y los humoristas, son también simbólicos.

Mas el ridículo, tema ventral de cualquier conversación sobre el procés, sigue incardinado en la literatura que éste genera. Hoy es un subtexto, una premisa elidida por la erosión de la costumbre, como la que abre los periódicos del día en tinta simpática y que susurra al lector: hoy amaneció y está usted vivo.

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