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Constitución, buena voluntad, candidez

Cientos de munícipes catalanes, ahora unidos a numerosos valencianos -la estupidez es la más contagiosa de las enfermedades- se negaron una vez más el día 6, a conmemorar la Constitución. Se oyó decir a algunos de ellos que pensaban trabajar como en cualquier otro día laborable, pero no existen pruebas fehacientes de que así lo hayan hecho. El habitual circo del separatismo en torno a la ley de leyes española se repite, con algunos nuevos matices en medio de un ‘procés’ del que no sabemos demasiado bien en qué punto se halla -tampoco allí parece muy claro-, y ahora con el argumento de que los catalanes (y los valencianos… y los zamoranos, vaya) que en 1978 la respaldaron por mayoría abrumadora no tenían ningún derecho de imponerla a los ciudadanos de 2016.

El renacido y mutante conflicto constitucional proviene, entre tantas otras cosas, de un elemento primigenio no muchas veces mencionado: la candidez ilusionada de unos cientos de hombres y mujeres, llegados desde el franquismo, el comunismo y una docena de ismos más, que después de una guerra, una dictadura y un exilio se esforzaron por construir un marco de convivencia que cerrase heridas y que pudiese ser duradero en el tiempo. Sí, candidez: a lo largo de dos años de trabajo en común en el Congreso y en el Senado, la gran mayoría de ellos, de unos bandos y otros, trabaron lazos de afecto y respeto y llegaron a pensar que la buena voluntad allí generada iba a prolongarse y prorrogarse fuera de los dos hemiciclos.

Los efectos de esa beata candidez empezaron a notarse bastante pronto y, luego, cada vez más: la cesión de la educación a las comunidades autónomas, por ejemplo, desembocaría en la construcción de verdaderas factorías escolares de nacionalismo en Cataluña y el País Vasco. (Y remedos de lo mismo, aunque con algún recato más, en Galicia, Valencia, Baleares…). Parece increíble hoy que ciertas consecuencias no se previesen entonces, durante el proceso constituyente. Pero, salvo voces aisladas, nadie se opuso.

Lo de la buena voluntad política, en aquel ambiente ilusionado -pese a la violencia sanguinaria de ETA y de los GRAPO, siempre de telón de fondo- que vivimos entre la muerte de Franco y el golpe de Estado de 1981, se podía ver hasta en anécdotas menores pero significativas. El periodista Federico Ysart, que no era un incauto, entrevistando a un político peneuvista en televisión y espetándole: “Usted, que es del Partido Nacionalista Vasco pero a quien preocupa ante todo el futuro de España…”. (El político le miraba con cara de póquer). O los senadores reales Camilo José Cela y Víctor de la Serna Gutiérrez-Répide (sí, mi padre), que eran todo menos entusiastas del separatismo, presentando una enmienda al texto constitucional para que “nación de naciones”, que les parecía mejor reflejo de la realidad y de la Historia, reemplazase lo de “nacionalidades y regiones”. La propuesta fue derrotada porque otros, menos cándidos, sí que se barruntaban algunos cataclismos por venir.

La Agrupación Independiente, el más ‘liberal’ e intelectual de los dos grupos parlamentarios formados por senadores de designación real (el otro, el ‘conservador’, se llamaba Grupo Independiente) se esforzó mucho, por otra parte, por mejorar mediante varias enmiendas la calidad y la claridad del farragoso texto que les llegó del Congreso. (Junto a los dos citados, sus miembros eran Justino de Azcárate, Gloria Begué, Jaime Carvajal y Urquijo, Enrique Fuentes Quintana, Domingo García-Sabell, Antonio González y González, Julián Marías, Carlos Ollero, José Ortega Spottorno, Martín de Riquer y José Luis Sampedro). Pero la maquinaria implacable de Adolfo Suárez y de la UCD no estaba para bromas y canceló todas esas mejoras en el retorno del texto al Congreso, que tenía la última palabra. Y salió el texto que hoy celebramos o discutimos.

Mejor o peor, eso ya es académico. Pero elaborado dentro del convencimiento muy generalizado de que se estaba estabilizando España para un largo tiempo, y que en ese marco las particularidades históricas quedaban reconocidas y protegidas.

Lo dicho: cuánta buena voluntad derrochada y, vista desde esta atalaya de los cuatro decenios transcurridos, quizá malgastada.

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