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“Mi marido… Billy no creía tener ningún problema con el matrimonio gay, pero todavía no podía entrarle del todo en la cabeza que un hombre pudiera pronunciar esas dos palabras.” Billy, sargento en el turno de noche de la policía de Manhattan, es el protagonista de Los impunes, la más reciente novela de Richard Price.

A diferencia de los Franzen, Wallace o Eggers, Price difícilmente aparecerá en el Babelia. No en vano, y antes que un esteta atormentado, es un concienzudo artesano, un armador de historias infalibles, repletas de recovecos en los que detenerse, sonreírse y musitar ‘cómo demonios ha podido voltear la trama de esa forma tan brillante’ (o, acaso empapuzados de prosa dealer, ‘tan jodidamente brillante’).

Se trata del mismo asombro que ha embargado a la legión de entusiastas de The Wire, a la que Price insufló su talento como guionista. Uno de esos entusiastas, por cierto, es el presidente Obama, asimismo lector de Price, y entre cuyas obras favoritas figura la colosal Lush Life, traducida al español como La vida fácil.

Tal vez se identifique con esa América que ha aprendido a reconocerse en sus fallas, pero que, en su anhelo de redención, se muestra reacia a dejarse envolver en ese mismo fajín, el de la manida cara B, al cabo otra forma de simpleza; o con alguno de esos grandes malibuenos habitualmente enfrentados a dilemas de los que nunca se sale indemne. Tipos, en fin, que, como Billy, saben que los verdaderos remedios no están exentos de contrariedades, y que la tolerancia es, las más de las veces, una estricta conllevancia, un que se casen, sí, pero ¿marido?

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