Andrea Fernández Benéitez

Contra la unidad

«El debate nos enriquece, nos curte y nos mejora, pero, sobre todo, nos hace libres. Por eso, considero necesario dudar de los planteamientos que aluden a la unidad como un valor»

Opinión

Contra la unidad
Foto: Ángeles Visdómine| EFE
Andrea Fernández Benéitez

Andrea Fernández Benéitez

Nació en Valencia de Don Juan, localidad leonesa en la que ha residido toda su vida. Es graduada en derecho y cursó también máster en abogacía. Ha ejercido como abogada laboralista hasta abril de 2019, momento en el que fue elegida diputada del PSOE de León con tan solo 26 años.

Empieza el curso político y, como viene siendo habitual, los medios de comunicación ya están trufados de valoraciones acerca de la famosa crispación o, en otras palabras, el mal ambiente que reina en la política española. Este espacio hoy no pretende ser una perorata contra las malas artes de propios o contrarios, sino una reflexión que nace de un término que, pese a usarse en muchas ocasiones como antagónico de los males que describo, quizás no lo sea tanto.

No considero positiva la unidad. La política, como todos aquellos ámbitos de la vida que exigen posiciones, es tensa, difícil y, en muchas ocasiones muy desagradable; citando a Max Weber: la política es, en esencia, lucha. Entreverar intereses encontrados exige mucha confrontación y es inevitable que la crispación aflore cuando diferentes ideologías se encuentran. Esto no solo es sano, sino que es consustancial a la democracia. El debate nos enriquece, nos curte y nos mejora, pero, sobre todo, nos hace libres. Por eso, considero necesario dudar de los planteamientos que aluden a la unidad como un valor, porque es probable que sencillamente estén tejidos para imponer una posición sin pasar por el tamiz de la crítica. Pareciera que cuando algunos aluden a la unidad solo están arguyendo aquello de “o yo o el caos”. Tampoco exige la política relatos emocionales sobre la posible amistad entre contrarios, el amor, los cuidados u otros artefactos sensibleros que colindan con la mencionada unidad. Conformémonos con asumir la política como la responsabilidad de articular soluciones para distintos sistemas de conflicto.

Si bien la primera idea que quería plantear era esta, la necesidad de confrontación para que surja buena política, la experiencia me ha demostrado que necesitamos otras formas de hacer en el espacio público. La buena noticia es que creo que existen. Siempre que alguien me pregunta por las relaciones políticas en el Congreso hablo de que son agradables porque es cierto. Más allá de los escasos diez minutos de Sesión de Control que periódicos y tertulias exprimen hasta la saciedad, hay una realidad prosaica, de día a día, donde reina la comprensión mutua. Hago esta alusión porque quizás lo que necesitamos es mucho más sencillo que la unidad. Hablo de buenos modales, ánimo de entendimiento, sentido de país, abandono de ambiciones personales y respeto.

Además, no caer en significantes vacíos como el de unidad bien nos serviría para despojar el debate público de recursos retóricos que no hacen sino alimentar el marco de inflamación que vivimos. Puede parecer contradictorio, pero cualquier debate fundamentado realmente en ideas exige escucha y si se produce es porque está abocado, como mínimo, al entendimiento. En el cuerpo a cuerpo de la argumentación hay honestidad porque exige ambición por una posición ideológica ganadora. Me pregunto qué sucedería si en vez de apelar a un único espacio estuviéramos abiertos a asumir que la propia idiosincrasia española exige lugares comunes amplios y que son complejos. Por ejemplo, ¿se imaginan una derecha que no estuviera obsesionada con prescribirnos a todos cómo ser un buen español? ¿Y a algunos sectores de la izquierda dispuestos a tratar con honestidad la solidaridad interterritorial?

Quizás, dejar espacio para el diálogo real sería un buen paso para hacer triunfar a los políticos vocacionales. Hacernos abandonar atajos lingüísticos como el que motiva este texto es obligarnos a hacer frente a los matices y, en consecuencia, a nuestras propias debilidades: ahí está la condición de posibilidad de la política. No lo olviden, el centro no es una ideología, sino una actitud.

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