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Contra la vida

Los asesinos podrán llamar como quieran a su dios, y soltar jaculatorias sobre su grandeza y toda la basca. Su verdadero, su único culto, es el mísero nihilismo. Nietzsche los caló hace siglo y medio ya. Los llamó transmundanos y diseccionó el motor que los movía: la pequeñez, el resentimiento. Pueden hacer mucho daño; hacen mucho daño. Pero sus convulsiones criminales son un continuo certificado de derrota. Las vida les viene grande. Eso es lo grande y no su dios: la vida. Y, aunque la matan, son ellos los escupidos.

Resulta pavorosa la utilización de elementos cotidianos como armas. Un arma potentísima si se trata de un camión. Estas mentes tomadas por el nihilismo contemplan el mundo como un arsenal: a ver qué pueden sacar de él, de sus elementos, para asesinar a mansalva. Hitchcock, hablando de su cine, le decía a Truffaut: “Se deben emplear los lagos para ahogar a la gente y los Alpes para hacerla caer por los precipicios”. El mundo era para el director un juguete del que sacar sus escenas. Ahora los terroristas lo utilizan para matar: le dan vueltas a ver dónde y con qué se puede abrir un socavón.

La contrapartida es que la vida cotidiana es ahora, más que nunca, una prueba de resistencia, un testimonio de subversión. Tomar una copa, cenar, asistir a un concierto, ir al paseo marítimo a ver fuegos artificiales. Las pequeñas cosas de la vida que son la vida. Las pequeñas cosas que son más grandes (¡y santas!) que su dios.

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