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"Contra todas las banderas"

Foto: JUAN MEDINA | Reuters

Los símbolos son como los adjetivos. La apreciación que podamos llegar a sostener sobre ellos depende más de su uso que de cualquier otra controversia valorativa. En una España marcada por una creciente guerra cultural, lo sabemos bien. Aunque, de tanto mirarnos al ombligo, muchos consideren que estas tensiones son el hecho diferencial de la política patria, los conflictos simbólicos forman parte del debate público en las sociedades modernas. Como lo hicieron en el pasado y como lo seguirán haciendo en el futuro. Nunca podremos dejar de utilizarlos. Y es que estamos necesitados de símbolos porque el ser humano es, ante todo, un homo simbolicus.

Las banderas, como tantos otros símbolos que hemos visto enarbolar en estas últimas semanas, sirven para evocar realidades que se encuentran en otro orden que no es material. No podemos vivir sin este otro tipo de lenguaje que expresa y desata nuestras energías más profundas. Los símbolos son tan necesarios como poderosos. Tenemos la obligación de dominarlos y no dejar que estos nos dominen. Porque lo simbólico está insertado, por decirlo con la manera clásica, a las potencias humanas: mente, sentimiento y voluntad. Es bastante natural caer en la telaraña simbólica, donde los símbolos dejan de ayudarnos y nos terminan por manipular. Donde dejan de generar puentes para conectarnos a otras realidades y se convierten en muros de escalada imposible.

Paul Ricoeur no se cansó de repetir que el símbolo se convierte en un lenguaje abierto que nos abre a nuevas dimensiones por descubrir. Sin embargo, en demasiadas ocasiones, el símbolo se apodera de nuestra reflexión. Supone un grave riesgo del que no logramos escapar y rubrica la derrota del pensamiento. Lo simbólico nos puede atrapar para encerrarnos en lo superficial.

¿Por qué destacar estas cuestiones en días como los que estamos viviendo? Porque los símbolos son como los adjetivos. No podemos atacarlos sin más. Necesitamos evaluar su uso. Resulta paradójico ver cómo los que están “contra todas las banderas”, se molestan más al ver unas que otras. E, incluso, no pierden el tiempo para envolverse con otros símbolos. Sorprende observar cómo se juega con la adjetivación rimbombante o denigrante según el contexto. O hablando en plata: si son de los míos o si son de los otros. Y, de nuevo, nos encontramos con el principal problema al que se enfrentan las democracias actuales: el discreto encanto que mantienen frente a los símbolos azuzados por nacionalismos y populismos varios, a veces, hasta entrelazados. El imperio de la ley y el estado derecho no pueden generar un simbolismo tan atractivo para las masas. Quizá, no seamos del todo pesimistas, éste sea su genuino potencial.

Entiendo que la inmensa mayoría de las manifestantes del domingo en Barcelona usaron la bandera española para expresar esto mismo. Lo han señalado muchos de sus participantes y algunos de los observadores. Pero como símbolo cargado de múltiples y contradictorias valencias, no tengo tan claro su grado de efectividad. La unidad de España como nación me preocupa poco comparado con el constante ninguneo de las leyes y reglas democráticas. Y es que estoy convencido de que las banderas son como los adjetivos.

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