Daniel Ramirez Garcia-Mina

Corazón para el hombre

¿Alguien sabría cantar una alineación de once jugadores que lucharon contra el ébola? Yo no.

Opinión

Corazón para el hombre

¿Alguien sabría cantar una alineación de once jugadores que lucharon contra el ébola? Yo no.

Un noventa por ciento de todos los que compartimos planeta también compartimos anonimato. Son muchos los carteles que llevan nombres, pero muy pocos los nombres que salen en los carteles. Tan diferentes y a la vez tan iguales. Tolkien juntó las letras para decir algo que todo el mundo sabe: “La muerte es un sendero que recorreremos todos”. Además, ese camino que se hace al andar tiene siempre, inevitablemente, el mismo comienzo y final: de la nada a la nada.

Muchos pelos se ponen de punta cuando alguno de esos noventa por ciento vemos en el prójimo la más pura vida exaltada hasta el infinito. El hombre se convence y, a pesar de su amargura, guiña un ojo al optimismo, pensando que todavía queda bondad en una jaula de lobos. Decía Hobbes, muy sabio, que “el hombre es un lobo para el hombre”, pero olvidó escribir la otra premisa que, muchas veces, no recordamos: “El hombre es corazón para el hombre”.

El otro día me decía el embajador en España de un país no europeo: “Los españoles nunca dais el primer paso. Por ejemplo, a la hora de invertir en un territorio desconocido siempre esperáis a que lo haga alguien antes que vosotros”. Muchas excepciones desmontan esta generalización. Además, por el mero hecho de ser lo que mi querido profesor de Filosofía en el colegio llamaba una “falacia apresurada” o “secundum quid”, habría que tratar de desmontarla. Pero estoy seguro de que, el embajador, algo de razón tiene.

Existen grandes tipos, de corazón noble e identidad anónima, que dieron ese paso, que dejaron la piel del lobo para encarnar la vida allí donde todos se mueren. Antes, nadie conocía a Manuel García Viejo o a Miguel Pajares, que fueron asesinados por el ébola que azota al cuerno africano. Quizá, dentro de unos años, las letras de sus apellidos se vayan alejando, como el humo de un cigarro que sale de cerca, que se pierde, y que no tarda en desaparecer para siempre. Time ha tenido una gran idea. El papel lo sostiene todo, incluso el anonimato, y las hazañas de los héroes que lucharon en la sombra permanecerán guardadas para siempre en algún cajón, en algún disco duro.

¿Alguien sabría cantar una alineación de once jugadores que lucharon contra el ébola? Yo no.

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