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Corrección política

La corrección política no constituye un espacio neutro ni equidistante. Y, de hecho, tampoco aspira a serlo. Como todas las ideologías, su instinto natural tiende primero hacia el control de las mentalidades y, después, hacia el extremismo y la caricatura. La lógica del poder es la de la fuerza y, en esa narrativa, que quiere ser dominante, la hegemonía del lenguaje y de la cultura desempeña un papel fundamental. Como ninguna época es inmune a la locura, cualquier disparate llega a adquirir una pátina de sensatez. Recuerdo haber leído hace años que, en Estados Unidos, se estaba trabajando en una nueva traducción de la Biblia en la cual se sustituía el concepto de Dios por el de “Dios Padre y Madre” o el de “Dios y Diosa”. Ahora, para facilitar su lectura entre las nuevas generaciones, se prepara una Biblia iluminada por la nueva gramática de los emoticonos. ¿Qué sucedería si aplicáramos esta revisión del lenguaje a la historia literaria? De Cervantes a Shakespeare, de Dante a Proust, ¿cómo podemos acercarnos a los clásicos sin un mínimo rigor filológico?

Esta semana ha salido la noticia de que el Museo Nacional de Arte de Dinamarca va a eliminar las palabras ofensivas de los títulos de sus obras. La pregunta es si también quitarán los cuadros y las pinturas cuyo contenido pueda resultar molesto para la sensibilidad contemporánea. El hecho en sí –suprimir aquello que incomoda, borrar la expresión simbólica de lo que no gusta– recuerda la fiebre enfurecida que se vivió hace siglos en Bizancio en contra de los iconos. Es la locura de la pureza, ese monstruo de la irracionalidad que retorna cíclicamente. Se trata de una vieja lección de la Historia: los peores dogmatismos siempre empiezan con un puñado de buenas intenciones.

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