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Un corredor en la época de los runners

Se sabe que un escritor es parecido a un corredor de fondo, ya lo escribió Murakami. Los dos comparten la soledad y una loca perseverancia. Y acaso la lesión más problemática: la del fracaso, que nos enseña a muscular la espera, tan rara en la sociedad del espectáculo. Correr fondo es casi meditar, una oración entonada por cada músculo. Una verdadera chifladura: bombear el corazón sin un motivo claro, por el solo gusto de poner un pie delante del otro durante algunos kilómetros. Yo soñé con ser atleta. No me aburría correr. Disfrutaba las sensaciones, la salmodia de la respiración con las pisadas. Por aquel entonces mi ídolo era un maratoniano llamado José Esteban, uno de esos corredores de los de antes, sin cascos ni GPS ni trucos de podólogos ni gimnasio, contando la distancia con su sola intuición, fibroso y con una técnica delicada, casi ciervo sobre sus Ascis.

Empezó a correr en el colegio, José Esteban. La clase entera estaba suspensa en Educación Física y el profesor garantizó el aprobado a quien ganase una carrera. José Esteban la ganó, y no sólo aprobó la asignatura sino que además lo reclutaron en el equipo de atletismo. Era bueno en larga distancia y se iba con los mayores, que lo apodaron El niño. Con los entrenamientos sus marcas mejoraron y empezó a ganar competiciones. Su marca de Cádiz, poco más tarde, sería récord de España en media maratón. Como en el caso de la escritura, José Esteban comprendió enseguida que el atletismo le exigía una entrega radical, de modo que, presa de ese vértigo que se adueña de quien es tocado por un don, abandonó los estudios. Empezaba así una trayectoria prometedora, que se confirmó en la maratón de San Sebastián o la de Londres, donde hizo dos horas once. Corrió con la Selección en Yugoslavia, compitió en las Olimpiadas de Barcelona, cuya antorcha portó a su paso por Granada. Tenía veintinueve años y era su mejor momento. Estaba en unas condiciones inmejorables cuando un 17 de septiembre lo embistió un coche conducido por un hombre achispado. Tras el fatídico atropello y una dura rehabilitación, José Esteban volvió a la competición, aunque ya nada era lo mismo. En Helsinki, dos años después, no terminó la carrera: el circuito era duro y las secuelas del accidente le hicieron mella: no controlaba la pierna y cojeaba. Aun así, perseveró y al año siguiente quedó sexto en la maratón de París. Pero aquel impacto truncó una carrera que hubiera sido más de estrella y menos estrellada. Hace poco lo vi. Corrió en Granada junto a Fermín Cacho y Estévez en una carrera solidaria organizada por Medicus Mundi. Y al verlo escarbé en Google y me sentí orgulloso y fue entonces cuando medité, releyendo el célebre ensayo de Murakami, esto de que la escritura y la carrera son dos soledades muy parecidas.

En la actualidad, José Esteban sigue corriendo con su Casio atado a la muñeca. No ha cambiado mucho su apariencia. A los cincuenta y cinco años, sólo algunas canas ilustran el paso del tiempo. Los que se cruzan con su fragilidad canina, todos musculados, equipados con ropas fluorescentes y cascos y relojes GPS, no sospechan qué asfaltos pisaron las suelas de sus zapatillas ni cuántas cintas rompió su pecho untado de sudor. Él corre con el mismo entusiasmo de aquella juventud, la que tuvo antes del atropello, sin importarle el duro anonimato en que caen los atletas cuando el tiempo los adelanta. Nunca ha corrido para ganar, mi tío José Esteban Montiel. Corre igual que uno escribe, porque no conoce otra manera de expresarse que la carrera. No con un objetivo físico, sino porque vivir es correr y viceversa. Rodeado por los runners, es la personificación de aquellos aquellas que nos regalaron los años dorados del atletismo español. Los hijos de la carrera. Los que no corren para airear sus batallas en las redes, dotados para las pulsaciones y la zancada voladora.

El ejemplo de mi tío ha sido, por qué no decirlo, mi mejor taller de literatura.

 

 

 

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