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Corrupción, esperanza y desencanto

François Fillon, candidato a la Presidencia de Francia, huyendo hacia la nada mientras la policía detiene a su mujer en un asunto de empleos ficticios: corrupción. Su rival Marine Le Pen, huyendo de la policía y los tribunales que indagan sobre más empleos ficticios: corrupción. El caso Palau, al fin a juicio con el trasfondo de la financiación ilegal de Convergència, partido reconvertido desde entonces en otra cosa -o al menos en otro nombre- dentro de un ‘procès’ hacia la independencia por el que simultáneamente se juzga a Quico Homs y que tiene mucho de huida masiva ante la Justicia: corrupción. Se reabre lo de la financiación ilegal del PP, y por su parte las noticias andaluzas de cada día van siempre en el mismo sentido: corrupción.

 

La vida política española, como la francesa, se empantana en una horrenda ciénaga que puede estar matando a la democracia. Sí, los votantes llevan decenios revalidando con sus papeletas las prácticas cleptocráticas, posiblemente -es lo que se suele decir- porque mientras las cosas fueron razonablemente bien, hasta 2008, nos daba un poco igual.

 

Yo me resisto a aceptar por las buenas esa explicación derrotista, que equivale a decir que somos tan corruptos, siquiera intelectualmente, como nuestros gobernantes. Muchos ciudadanos han intentado comportarse como tales, con un suficiente respeto de las reglas como para ahora sentirse violados, además de saberse esquilmados y explotados por unos políticos que venían a hacer su agosto y lo hicieron. Además, ahora estamos viendo al fin con mayor claridad y globalidad el escándalo de ‘Politics, Inc.’, el inmenso negocio de la democracia burlada.

 

Eso sí, el espectro del fenómeno también es democrático, ya que se forran desde la extrema izquierda bolivariana de América y Europa hasta un presidente de Estados Unidos multimillonario que ni ha dejado sus negocios en fideicomiso a nadie mientras él toma a diario decisiones que pueden afectarlos directamente dentro y fuera de su país, ni tampoco ha aceptado hacer públicas sus declaraciones de la renta, de las que se sospecha que revelarían que lleva 22 años sin pagar impuestos.

 

Los franceses tienen elecciones, y en ellas un candidato reformista que parece decidido a actuar de acuerdo con su ideario. Más no se puede aventurar, pero ahí subsiste la esperanza. Los españoles las tuvimos ya, pasamos mil vicisitudes poselectorales y al final vimos con alguna esperanza que un pequeño partido reformista obligaba al PP a prometer reformas a cambio de su imprescindible apoyo parlamentario. Pero ya ven adonde hemos llegado: a prácticamente nada, mientras los dos partidos de toda la vida siguen repartiéndose el Tribunal Constitucional y riéndose del mundo.

 

Perdonen mi simplismo, o quizá mi simpleza, pero estoy deprimido y aterrado. Esto puede acabar infinitamente peor de lo que está ya. Si la democracia no es más que un maquillaje mafioso, terminaremos como la Europa de hace 80 años.

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