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Cristales ahumados

El verano tiende una doble trampa a nuestro ánimo, y conviene advertirlo. En nuestra mente, por un lado, el verano se contrapone al invierno, pero al invierno se le suman el otoño y la primavera, todo el curso escolar. El verano es vigoroso, pero no puede, el pobre, contra tres y se queda muy pequeño por contraste en el calendario. Le dan, como quien dice, una paliza.

Como si fuera poco, en nuestra alma sigue viviendo el niño y el muchacho y el joven de los veranos infinitos de las vacaciones escolares y universitarias. Los veranos de antaño eran eternos y han pasado; pero aquello se nos metió muy hondo, y no lo olvidamos. Las vacaciones ahora las dan con cuentagotas, que achican mucho más a nuestro pobre verano desvalido. Se nos escurre entre las manos como la arena de la playa entre los dedos, entre el síndrome pre-vacacional y el post-vacacional.

El soneto “Verano” de Manuel Machado, magistral virguería técnica, es trisílabo, ¿recuerdan?

Frutales
cargados.
Dorados
trigales…

Cristales
ahumados.
Quemados
jarales…

Umbría
sequía,
solano…

Paleta
completa:
verano.

Quizá el poeta quiso representar la pereza impresionista que produce el calor, pero ahora el soneto se ha enriquecido con el matiz de la brevedad que, por un lado y por otro, le cayó encima al verano. Su paleta queda completa.

Pero tenemos el cielo. Lo que perdemos de anchura, lo podemos sostener con la altura, levantando la mirada. Acabamos de asistir al solsticio con luna llena, que no pasaba desde hace 70 años, y es una excusa inmejorable para mirar hacia arriba; y las estrellas nos las darán, innumerables; y las lágrimas de san Lorenzo o algún eclipse, incluso. En el mundo perfecto de la música de las esferas —la auténtica canción del verano—, esté sigue sincronizado con los deseos más íntimos del alma.

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