Aurora Nacarino-Brabo

Cristina

Hoy he vuelto a casa de Cristina. La conocí hace casi cinco años, después de una cena de Nochebuena. Yo acababa de empezar a salir con Jorge, que por entonces vivía en Bruselas, y habíamos quedado en vernos después de los compromisos familiares de rigor. Me llamó y me dijo que le habían invitado a una fiesta en casa de los Escohotado. Vamos juntos, me apremió. Dudé un poco: no pinto nada, Jorge, no les conozco.

Opinión

Cristina
Aurora Nacarino-Brabo

Aurora Nacarino-Brabo

Politóloga y periodista, aunque, en realidad, sólo sé de fútbol

Hoy he vuelto a casa de Cristina. La conocí hace casi cinco años, después de una cena de Nochebuena. Yo acababa de empezar a salir con Jorge, que por entonces vivía en Bruselas, y habíamos quedado en vernos después de los compromisos familiares de rigor. Me llamó y me dijo que le habían invitado a una fiesta en casa de los Escohotado. Vamos juntos, me apremió. Dudé un poco: no pinto nada, Jorge, no les conozco.

Pero Jorge siempre consigue lo que quiere. Así que fuimos. Me abrió la puerta una señora que ya no era joven y que, sin embargo, rezumaba una juventud imperecedera. Soy Cristina, se presentó la madre de los Escohotado, toda sonrisa. Recorrí el pasillo de la casa de Benito Castro, que envolvían humo y aromas, y encontré a sus hijos, rodeados de amigos, en el salón. Enseguida se abrazaron con Jorge: ¡Ey, Reed, qué bien que hayas venido!

Al parecer, Reed era mi novio. Le llamaban así por simpatía con Lou y para diferenciarle de Jorge Escohotado. Jorge y su hermano Álex, y todos los que encontré en casa de Cristina, la más libre de todas las casas, fueron ya, desde aquella noche, mis amigos del alma.

Hubo muchas más fiestas después de esa Nochebuena. También muchas con Cristina. La recuerdo una madrugada en la sala Siroco, a las cinco de la mañana, bailando ese techno warp que pincha su hijo Álex. Y también la recuerdo por las tardes, jugando con Adriana, que estos días pregunta, extrañada, por su abuela.

Las últimas veces que la vi, Cristina lucía un turbante que ocultaba los efectos de la quimioterapia. Lucía también su sonrisa eterna, la misma con la que me abrió la puerta de su casa la primera vez. Hoy he vuelto a Benito Castro, pero Cristina no estaba. He abrazado a Jorge y a Álex, y a todos mis amigos de aquella primera Nochebuena. Hemos hablado de ella, hemos reído y hemos llorado.

Después he regresado a casa y me he puesto a escribir este texto. Cristina no podrá leerlo porque permanece sedada, por fin libre del gobierno de los monitores, los cables y las máquinas. Casi se ha marchado ya. Luego he abierto internet y he leído esa noticia: Google apuesta fuerte por la Inteligencia Artificial. A esta hora la humanidad se apaga.

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