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Cristo era una lesbiana con barba

Decía Gloria Fuertes en uno de mis poemas favoritos que por la tarde le crecía la barba de tristeza. “La gente no nota nada. / ¡Qué alegre es Gloria!- dicen al paso. / Sólo mi espejo sabe que tengo / pena de Cristo / barba de Cristo resucitado”. Yo de pequeña iba a una escuela de educación infantil que se llamaba Gloria Fuertes y pensaba que era una santa, viendo ahí su foto por todos lados, como una hembra cándida e imposible. Después, cuando llegué a Maristas en primaria, me encontré con otra mirada que salía de las paredes: la de Marcelino Champagnat, que aún era beato. Un día, la profesora de Francés nos contó que Marcelino en realidad era feo, pero que lo habían pintado atractivo porque sino dime tú a mí qué hacemos con todas las agendas, las sudaderas y los pósters impresos con la cara de un tío horripilante. Se nos habrían quitado las ganas de hacer el bien.

Cuando me enteré de ese percal propagandístico entendí por qué a Gloria Fuertes no le hacía falta ser guapa, ni santa, ni hostias: porque era buena aquí cerca -en los bares, en la panadería, en la biblioteca-, porque las monjas le pegaban pellizcos, porque llevaba zapatos rotos y nunca tuvo juguetes, porque a los catorce la pilló la guerra y a los quince se murió su madre. Porque trabajaba de contable y escribía poemas, porque la primera vez que entró a una universidad fue para dar clases en ella. Gloria Fuertes sabía de lo único que hace falta saber en la vida: de amor. Sabía de amor más que Cristo, sabía de amor honda y pulmonarmente, porque amaba a mujeres, fumaba como un carretero extrañándolas y casi siempre estuvo sola.

“No es suficiente, no, soñar contigo / rezar para que vivas / retratarme para darte la foto / escribirte en la noche / con obsesión pensar en tus maneras. / ¡No es suficiente, no, darte la vida / ni decir a la gente que te quiero / ni entregar al mendigo mis ahorros / ni quemar el pasado es suficiente!”.

Es muy fácil sentirse hermano de Gloria Fuertes pero muy difícil ser ella. Menos mal que soy mujer, decía, y no se mancharán mis manos con el olor del fusil. Era pobre y poderosa. La visitaban fantasmas. Ligaba con las taquilleras del metro cada vez que pensaba en tirarse a las vías. Le gustaba el vino, cenaba sopa, encajaba -estoica- las cornadas. Escribía para los niños, los vagabundos y los muertos de amor que continúan yendo a la oficina. Escribía hasta para Dios, que anda medio teniente, socarrona y tierna: ya que no la escuchaba, no sé, a ver si la leía. Ese secreto deseo lo tenemos todos con nuestras deidades, tengan pene, vagina o extracto de cosmos entre las piernas. Eh, estamos aquí, idiotas. En la letra.

Es muy crudo ser Gloria, Cristo lésbico resucitado. Se la infantilizó para siempre, se le arrancó el sexo para convertirla en un producto para todas las edades, se la encerró en sus cuentos como a una mascota torpe, amable e inofensiva. Nadie recuerda que tenía, como todas, un pequeño látigo silente que avisa del deseo. Finísimo y certero. Qué hermosa, al final, y qué verdadera. Ya quisiera Champagnat, pienso. Es natural ser Gloria a veces, cuando por las tardes nos crece la barba.

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