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Crónica coronavírica

Hay mucho político que estuvo de mitin y de manifestación contagiando. Malditos imbéciles

Foto: Alejandro Garcia | EFE

Lunes. Se acabó la broma. Un día te puedes manifestar a gusto y al día siguiente cierran universidades y colegios. Ciudadanos prudentes empiezan a acaparar papel higiénico para su particular armagedón diarréico. Un sentimiento de desolación recorre la nación: Lorenzo Milá, confiábamos en ti. Los italianos dicen que bloquean el país. Revilla, informan, está planteándose dejar de dar besos a los muchachucos. Una amiga, que trabaja en una residencia de ancianos, me dice que tienen varios casos sospechosos, pero el personal no dispone de mascarillas ni demás profilaxis. Cree que no se está informando a las familias. Me envía una foto en la que sale embozada. Bromeo, diciéndole que la mascarilla le sienta bien. El martes tengo que viajar a Sevilla para una reunión. Recibo un whatsapp mientras estoy en la ducha: entenderían que no quisiera viajar, dadas las circunstancias. Yo me tomo la temperatura, hago memoria: no recuerdo haber tosido.

Martes. Cojo el autobús para llegar al AVE. No hay demasiada gente, así que me siento y miro vídeos en Twitter de gente que se ha colocado una bolsa de plástico en la cabeza para ir a hacer la compra. El Apocalipsis lo provocarán los idiotas. Atocha está más tranquila de lo habitual, pero el AVE va lleno. Me he olvidado de pedir que me sacasen los billetes en el vagón silencioso. Idiota, idiota. Intento dormir un poco, sin demasiado éxito: ¿seguro que no tengo fiebre?

Al llegar, pido un taxi y charlo con el conductor. En Sevilla, me dice, se está notando que hay menos clientes. Está contento porque el Betis va a jugar en el campo del Sevilla a puerta cerrada: eso les quita presión. Su mujer le pidió que no fuese al campo con las niñas el fin de semana anterior. Llego al museo y tengo una reunión manteniendo las distancias. Saludo a la gente con el codo, no vaya a resultar que sea un portador asintomático. Después he quedado para comer con mi hermano (soy, por si no lo saben, andaluz) y cuando viene a abrazarme lo rechazo con la mano y le digo que vamos a ser prudentes. Comemos con cuidado de no cruzar los tenedores. Nada de compartir y que cada uno se sirva en su plato. Mis padres han decidido acercarse a tomar café (no los veo desde navidad) y cuando nos encontramos les digo que no se acerquen, que vengo de una zona de alto contagio (para ese momento ya estamos en contención reforzada, con empeño o algo así). Mi padre cree que estoy bromeando («¿eres tonto, niño?») pero le convenzo («ni mijita, papá»). Ellos cuidan a mis abuelos y no quiero cargar con las consecuencias. Atiendo un par de llamadas de trabajo. Una de ellas es para cancelar una clase que tengo que dar al día siguiente en un museo de Madrid. Por la mañana (ya les había escrito) me habían dicho que todo seguía adelante. Pongo en mis redes que «se suspende por coronavirus» y recibo un mensaje diciéndome que por favor rectifique, que no es «por coronavirus» sino «como medida de precaución». Precaución contra qué, ¿rinocerontes? ¿Yihadistas? ¿Arañas asesinas?

Miércoles. Me levanto más tarde de lo habitual: total, no tengo que repasar la lección de la tarde. Intento terminar de una puñetera vez mi reseña de La valquiria sin ningún éxito. Me pongo a despachar correo mientras repaso una y otra vez mis sensaciones corporales. Tengo el termómetro sobre la mesa y me tomo la temperatura cada hora y media. Me duelen las manos y las piernas, pero creo que es por el estrés (duermo en tensión y amanezco como una armadura herrumbrosa); como al día siguiente tengo que viajar a Bilbao, me apresuro a llamar a un amigo médico y le consulto. Me dice que no me preocupe, pero aun así llamo a una segunda amiga, que me dice lo mismo: sin fiebre y sin tos no hay alarma. Resisto la tentación de llamar al teléfono que han puesto para los coronavirosos y vuelvo a tomarme la temperatura: ni unas tristes décimas. Veo que los aficionados de un equipo de fútbol se han congregado masivamente a las puertas de un estadio para apoyar a su equipo, que estaba jugando sin público. Hago chistes en Twitter sobre la necesidad de diezmar a estos cretinos y a los universitarios que están volviendo en masa a sus pueblos, esparciendo su ponzoña juvenil por todo el país.

Jueves. Me despierto para ir al aeropuerto y someto a mi cuerpo a toda clase de giros, saltos y cabriolas para descubrir si me duele algo. ¡Síntomas, salid, que os vea! Me pongo el termómetro mientras me hago un café. El día anterior me han dicho desde el Guggenheim que mi visita sigue adelante (voy a ver una exposición para escribir la crítica). El metro está vacío. En la línea 8 me siento junto a un chico que tose dos veces sin taparse los hocicos. Me levanto y me siento dos vagones más allá, para que la velocidad arrastre sus miasmas en dirección contraria. En Barajas no hay cola ni en el control de seguridad, un par de chascarrillos sobre el asunto y me voy al baño a lavarme las manos. No hay un bote de desinfectante alcohólico en todo Madrid. Estoy a punto de meter las manos en uno de esos secadores de aire pero encojo los dedos: mejor usemos papel.

En el avión vamos cuatro y el que lo lleva. Aterrizo y me encuentro con un chófer muy simpático que se acerca para darme la mano. Lo repelo con un gesto mientras me disculpo. Charlamos como si fuésemos epidemiólogos o tertulianos. En el museo me espera la jefa de comunicación, que me intenta besar como por inercia. Paso atrás y chistecillo para aliviar el desplante. Veo las exposiciones con mi parsimonia habitual y bajo a comer. Al terminar, el camarero se acerca con la mano tendida «aquí tiene su casa, señor». De nuevo, levanto la mano como diciendo «detente, insensato», pero lo que digo es «vengo de Madrid, creo que no te interesa tocarme».

Paseo y vuelta al aeropuerto. En la cola del embarque un señor se me acerca mucho. Me separo un par de pasos hacia el lado y lo miro con desaprobación. He oído en la radio que la bolsa se ha despeñado un 14%, que la gente se está tomando la cuarentena como si fuesen vacaciones y que todavía no ha llegado lo peor. Hay mucho político que estuvo de mitin y de manifestación contagiando. Malditos imbéciles. Tengo ganas de llegar a casa y encerrarme. Me ducho y me enjabono a conciencia. Me pongo el termómetro. 36.2.

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