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¿Cuál es el Sueño Europeo?

Foto: Virginia Mayo | AP

Era el momento menos oportuno: las ocho de la tarde en la Plaza de Olavide, entre la cuarta y la quinta caña. Ante la mesa llena de amigos, los niños que al jugar al fútbol parecen tener de portería la silla en la que estoy sentado, las marujas que a la distancia compiten por ver quién tiene el peinado a la vez más cristiano y anarquista, la cacofonía de los carritos de bebé y sus alaridos, el mesero que habita cualquier mundo menos este, los espectáculos de amor adolescente en los banquitos, la caña que aún no llega – no debería haber tenido tiempo, en fin, en tal panorama de vitalidad urbana, en tal muestra de salud de la España llena, para haberme hecho la pregunta. Pero por algo soy distraído, y me la hice:

¿Cuál es el Sueño de toda esta gente? Si toda modernidad necesita una utopía, ¿cuál es esta?

Sospecho que, también por falta de tiempo, los europeos no han tenido oportunidad de construir y sistematizar su propio Sueño. Por siglos, el sueño europeo era no ir a la guerra y morir yendo al cielo. Ambas cosas ya no existen: la guerra, por olvido, y el paraíso, por ateísmo. Por otra parte, el Sueño Americano no terminó de calar por estos lares (menos mal) y el Sueño Chino (si olvidamos que es solo para chinos) dudo mucho que lo logre. El soviético murió hace ya más de veinte años.

De manera que Europa anda aún en búsqueda de su Sueño. ¿Dónde encontrarlo? Unos opinan que en Bruselas, en la sistematización de aquello que más queremos evitar: la guerra entre nosotros. Pero esto más que un sueño es la ausencia de una pesadilla. Sigue faltando el paraíso.

Los otros, los nacionalistas variopintos, dicen haber encontrado dicho paraíso en la vuelta de la esquina, en la fiesta del pueblo, en la sucesión de domingos como este. El problema es que los sueños como este suelen ser locales, exclusivos, conducentes a una Europa atomizada. Es decir, a la Europa del pasado: la Europa de la guerra, la Europa de las pesadillas.

Lo ideal, por supuesto, sería que el Sueño Europeo fuese la sumatoria de sus sueños locales, desde el noruego hasta el gallego. Algunos pensarán que esto es imposible, y en último término quizás sí lo sea. Todo lo que se suma se diluye y vivir el sueño ajeno es quizás la peor trampa de turistas.

Pero yo, que ni siquiera soy europeo, sí quisiera darles unas palabras de aliento. Pues yo he vivido en distintas oportunidades, por ejemplo, el sueño español y el sueño escocés. El español esta tarde, y el escocés en mis años universitarios cuando, vestido de pies a cabeza de cazador británico, solía entrar en pubs para leer horas y horas de lluvia frente a la chimenea, whiskey en mano. Lo cierto es que ambos sueños tenían algo en común más allá del alcohol: el hecho de que permitieron a un extranjero la dicha de ser soñados.

Pero qué utopía habrá detrás de todo esto, me preguntarán. ¿Acaso no sigue faltando el paraíso? En mi caso, y a todos fines existencialistas, me contento con que esta Plaza de Olavide siga tan llena y voluptuosa, y con que Edimburgo siga teniendo pubs donde la gente beba en voz baja. Solo quiero una cosa: que no me nieguen la dicha pidiéndome un visado.

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