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Cuando paseábamos las películas

Para convertir todo en productos de absorción rápida hay que simplificarlos, borrar sus matices, obviarlos, y eso reduce nuestro mundo

Foto: Netflix

Parece que este puente interminable todo el mundo ha pasado al menos un poco más de dos horas haciendo lo mismo: viendo la última película de Noah Baumbach, Historia de un matrimonio. La película, protagonizada por Adam Driver y Scarlett Johansson, cuenta la separación con un hijo de por medio. Con la ruptura de la pareja se rompe también una complicidad: él es director de una compañía y ella la actriz principal. Baumbach dirigió Una historia de Brooklyn, donde contaba más o menos la separación de sus padres; también Greenberg, donde conoció a su actual pareja, Greta Gerwig, con quien escribió Frances Ha. Su propia separación de la actriz Jennifer Jason Leigh está más o menos detrás de Historia de un matrimonio. Baumbach escribió el guion de Madagascar 3: De marcha por Europa, dicen que para pagar los costes del divorcio.

Parece imperativo no solo ver la película, sino tener una opinión muy contundente sobre ella, como sucedió hace unas semanas con El irlandés, de Martin Scorsese, y expresarla en Twitter. No sé si antes de las redes sociales pasaba lo mismo, pero de otra manera. Siempre ha habido películas-acontecimiento que veíamos para opinar rápidamente sobre ellas –a veces las veíamos para confirmar nuestra opinión ya formada previamente– en los bares con amigos o, tal vez, en un blog. Las redes sociales han hecho que sea un poco una gran conversación global, aunque a veces no se sabe si hay diálogo o solo monólogo y posicionamiento. La película de Baumbach se estrenó en cines en España el 22 de noviembre, pero –y esto también ha sucedido con la película de Scorsese– parece que el verdadero estreno fue la llegada a Netflix el 6 de diciembre.

Me da un poco de pena pensar que cada vez eso va a ser más frecuente: películas de las que se habla con mucha intensidad durante muy poco tiempo y que se olvidan en seguida; que nos impongamos la obligación de posicionarnos a favor o en contra de una película inmediatamente y que lo reduzcamos todo a si estamos de acuerdo o no con el mensaje. Como si una película no pudiera gustarnos y no a la vez, como si no pudiéramos dudar, como si el cine solo nos sirviera como producto de consumo inmediato y quisiéramos quitarle todo lo demás: lo que nos permite proyectarnos sobre los demás, sobre nuestras vidas y sobre el tiempo y lanzarnos a una reflexión más allá de la historia que cuenta. Para convertir todo en productos de absorción rápida hay que simplificarlos, borrar sus matices, obviarlos, y eso reduce nuestro mundo. En la conversación analógica había hueco para el matiz y la discusión y eso me parece que es más raro en las redes sociales. Aun a riesgo de ganarme un Ok, boomer, lo que más añoro del cine no es tanto la proyección como el paseo de después, cuando la película me acompaña y la pienso y dudo sobre lo que me ha parecido en silencio.

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