Julia Escobar

¿Cuándo se cambia de siglo?

«Nunca ha sido un acontecimiento literario el que ha separado un siglo de otro, por la sencilla razón de que escribimos a través del tiempo, por mucho que eso irrite a los sociólogos y a los pedagogos»

Opinión

¿Cuándo se cambia de siglo?
Foto: Sean Foley| Unsplash

Es algo asumido que el paso de un siglo a otro no se produce sin solución de continuidad, algo tiene que ocurrir para que entendamos lo que hemos perdido … o ganado, una catástrofe, una guerra, un descubrimiento; no basta con el mero trámite administrativo/festivo del cambio de fecha, ni siquiera de estación: entre nosotros, el invierno. Hubo un tiempo en que creí que el acontecimiento que señalaría la frontera entre el siglo XX y el XXI había ocurrido demasiado pronto, me refiero al 11 de septiembre de 2001, con los atentados de Nueva York y el Pentágono. Algunos aseguran que ya se había producido antes, pero si lo dicen por la revolución electrónica resultaría que el siglo XX es el más corto de la historia pues llevábamos ya mucho tiempo revolucionados. Tampoco se ha escrito todavía la obra que caracterice dicho tránsito ya que la literatura es síntoma, no causa. Desde luego, nunca ha sido un acontecimiento literario el que ha separado un siglo de otro, por la sencilla razón de que escribimos a través del tiempo, por mucho que eso irrite a los sociólogos y a los pedagogos, los verdaderos artífices del siglo XX.

Por cierto, nunca olvidaré lo que decía don Julio Caro Baroja de estos últimos en aquellas tertulias de los setenta y ochenta, reminiscencia de las del XIX, que había en los cafés madrileños al caer la tarde, tertulias que serían sustituidas después por las presentaciones de libros. Don Julio, con aquella manera suya de hablar, algo desabrochada (como la prosa de su tío, por cierto), decía «¡Eso de los pedagogos raya en la pederastia» y lo volvería a repetir, seguro, si viera cómo se persiguen ahora a determinados personajes de ficción (Harry Potter o Winnie de Pooh, y tantos más), intentando arrebatar a la infancia ese escalofrío de terror que producen los cuentos de brujas y de magos, tan necesario en épocas prósperas, sobre todo en invierno, cuando se está en una habitación bien caldeada.

Claro que Rafael Sánchez Ferlosio —que también tenía tertulia por la misma época—sostenía que Walt Disney era el mayor pervertidor de menores de la historia porque antropomorfizaba a los animales, ¡cómo si no se hubiera hecho desde la antigüedad más remota! Nada irritaba más al hiperrealista autor de El Jarama que ver a un corzo hablando y llorando. No soy una entusiasta de Walt Disney (pelín cursi), pero de pequeña me fascinaban sus películas y me consta que a las generaciones a quienes se les ha permitido verlas les ha ocurrido lo mismo. La utopía progre ha sido siempre muy contraria a la fantasía y eso basta para comprender lo importante que es para el espíritu nutrirlo con suculentas leyendas y hermosas patrañas que le rediman, sublimándola, de la prosaica realidad para la que, desde que se instaló definitivamente el totalitarismo, preparan a los niños en nuestras escuelas. Los progres, como asueto, han preferido siempre la ciencia ficción a la literatura fantástica o de terror: les parecía, ¿cómo diría yo? más científica, más didáctica.

No les faltaba razón porque la CF, a partir de hechos incomprensibles que se proyectan al futuro para darles verosimilitud, no hace sino retratar el presente, mejorándolo o empeorándolo según la ideología o las obsesiones personales del autor. Por ejemplo, la famosa novela de Arthur C. Clarke, 2001, una Odisea espacial (novela de la que hizo Stanley Kubrick una película incomprensible), expresa la importancia de lo que se conocía en la época como «la carrera espacial». Tampoco conviene olvidar (aunque sea más bien un libro de política ficción) que la pesadilla descrita por Orwell en 1984 es un trasposición a Inglaterra de lo que sucedía en la Unión Soviética en 1948, año en que se publicó la obra, y por eso se ha querido ver en ese título un sutil juego de cambio de cifras.

A propósito de la literatura de anticipación del siglo XIX y su vocación científica, hay una anécdota muy divertida sobre la rivalidad entre Jules Verne y H. G. Wells que ilustra muy bien las dos posturas al respecto. Al primero, cartesiano a fuer de francés, le escandalizaba mucho lo que escribía el segundo, inglés y por tanto más fantasioso: «¡Mais il invente!»  que en español queda mucho peor, pero lo traduzco para que no me tachen de esnob o de afrancesada: «¡Pero este hombre inventa!».

Esta incursión por la literatura de anticipación y CF es deliberada y me remite al inicio de estas líneas sobre cuál pueda ser el acontecimiento traumático que separa este siglo del anterior. Como dije, durante un tiempo pensé que fue el 11S de 2001, pero ahora, veo que me equivoqué, que, como ocurrió en el XX, ha habido que esperar más de una década, en este caso dos, para toparnos con lo que nos está distinguiendo y cambiando: en este caso la pandemia de COVID 19 que nos aflige. No parece, por desgracia, que vaya a equivocarme, pues los cambios en la sociedad son ya tan espectaculares que sus repercusiones pueden muy bien marcar toda una época.

Para empezar yo —y no soy la única— me he puesto como una posesa a releer y repasar toda esa literatura, vamos a llamarla futurista, en la que siempre se encuentra la clave, a toro pasado, de los acontecimientos presentes. En alguna ocasión ya he mencionado esa literatura que llamo catastrofista, en la que no sólo incluyo novelas de CF clásicas, o tecno thrillers como los de Michael Chrichton, sino también novelas «serias», trascendentes, como La Peste de Albert Camus.

Lo que no puedo afirmar ahora es si son lecturas apropiadas para tiempos macabros. Yo diría que, más bien, son una ingeniosa y provocadora alternativa para momentos de prosperidad o para tiempos de guerra fría como mucho. Por eso creo que el pánico que provocó Orson Welles al emitir como broma de Halloween La guerra de los mundos, el 30 de octubre de 1938, no fue debido sólo a su ingenio, sino tal vez a que el rumor de sables y de botas procedente de Europa era ya lo suficientemente audible como para que sus oyentes no se tomaran a la ligera ninguna invasión, aunque fuera de marcianos. En cualquier caso, ahora me ha resultado estremecedor —sobre todo pensando en el 11S— leer que aquella famosa noche una mujer entró en una iglesia gritando: «Nueva York ha sido destruido, es el fin del mundo. Ya podéis ir a casa a morir. Lo he oído en la radio».

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