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Cuando se jodió el Perú

Se cumplen 15 años de la matanza de Atocha. Aquel día un comando de yihadistas, ayudados por la inoperancia policial, perpetraron el mayor atentado de la historia de España

Foto: Bernat Armangue | AP

Se cumplen 15 años de la matanza de Atocha. Aquel día un comando de yihadistas, ayudados por la inoperancia policial, perpetraron el mayor atentado de la historia de España en los días finales de la campaña electoral. Entre el 11 y el 14 de marzo se vio lo mejor y lo peor de nuestra sociedad: comenzó con una gran muestra de solidaridad y coraje cívico de los ciudadanos madrileños, y terminó con manifestaciones delante de las sedes del PP tras la torpe y partidista gestión del atentado realizado por el gobierno de Aznar.

Cuando a veces me cuestiono, como Zavalita en el libro de Vargas Llosa, cuándo se jodió la democracia española, pienso en aquellos días de marzo de 2004. El país aceptó, con indisimulada naturalidad, que el resultado de unas elecciones fuera condicionado por un atentado terrorista, por más que en las encuestas se pudiera apreciar un cambio de tendencia favorable al candidato Zapatero. La victoria del PSOE me sigue pareciendo hoy, por el contrario, fruto del impacto psicológico del atentado en los votantes, de la obsesión suicida del gobierno por endosar la matanza a ETA y del uso que la oposición hizo de los nuevos medios tecnológicos para manejar las políticas de la indignación.

Como demostró tempranamente la última marxista con fuste del panorama intelectual español, Blanca Muñoz, el famoso “Pásalo” de la jornada de reflexión sirvió para manejar un estado de sobreexcitación popular, banalizando la tragedia del atentado y agigantando el papel del proceso electoral. Todo quedó sometido a una campaña política donde la población doliente se transformó en un electorado confuso. Este fue también el éxito de los programas mediáticos que durante los meses previos venían utilizando el sarcasmo, el humor y la sátira agresiva en contra de personajes vinculados con las ideas políticas del partido en el poder. Todo ello, con el “Prestige” y la guerra de Irak como telón de fondo.

La herencia de aquél 11 de marzo de 2004 fue la profundización en los procesos de socavamiento simbólico de los adversarios políticos y la apertura de una grieta en el consenso constitucional de 1978. Esa grieta no hizo sino agrandarse cuando el PP y el PSOE decidieron olvidar por qué habían perdido y ganado, respectivamente, las elecciones de aquel domingo, cuando ya podía vislumbrarse con claridad la autoría del atentado. A contracorriente de lo que habitualmente se ha venido diciendo, la democracia española no salió reforzada, sino que comenzó durante esos días un declive del que hoy somos testigos: se ha ido cumpliendo el aforismo de Adorno, que apuntaba no sin cierta razón que solo es libre aquella sociedad que es capaz de vivir sin miedo.

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