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"Ninguna persona podrá ser elegida para el cargo de Presidente más de dos veces, y ninguna persona que haya ocupado el cargo de Presidente, o ejercido como Presidente, durante más de dos años de un mandato para el que otra persona hubiera sido elegida como Presidente, será elegida para el cargo de Presidente más de una vez." El entrecomillado, tan anticuado que incluso alude a la probabilidad de que un presidente fallezca a media legislatura, pertenece a la Vigesimosegunda Enmienda a la Constitución de Estados Unidos, y se funda en la creencia de que, más allá de esos 8 años , cualquier presidente corre el riesgo de convertirse en monarca, una de las figuras más detestadas por los padres de la patria.

Semejante limitación, de evidente raigambre premoderna, se ha ido abriendo paso hasta nuestros días, y no precisamente como una rémora indeseada, sino como una suerte de ISO 9001 de las democracias. Aznar, en un automatismo propio de película de Jacques Tati, asumió ese mismo credo cuando mejores réditos estaba dando su liderazgo, y lo hizo sin caer en la cuenta de que España tiene ya monarca (francamente, no lo creo tan soberbio como para que temiera suplantar a don Juan Carlos).

Llegados a este punto, el mejor presidente de la historia de los Estados Unidos habrá de abandonar el cargo para que, en nombre de una presuntísima higiene democrática, se lo disputen dos enfermos: un enfermo mental y una enferma pulmonar. Obviamente, siempre es mejor que nos presida una Hillary en las últimas que un Trump a base de litio, pero la pregunta es por qué no Obama y, si me apuran, por qué no Michelle o, qué carajo, alguna de sus hijas.

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