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Cuatro lágrimas, cinco culpas

Foto: Mark Von Holden | Invision

Desde de la destitución de Julen Lopetegui y el ‘ordeno y mando’ de Luis Rubiales, que trajo el peor desastre que vieran los siglos, parece que han pasado milenios, pero sólo son ya estampas de un pasado tan reciente que aún escuece. Tres cuartos de lo mismo pasa con la moción de censura que iba a traernos la era del entendimiento y que no más ha logrado que la España actual vaya disolviéndose como un azucarillo triste. Dimos alas al peor enemigo, y nadie nos pidió el parecer.

Y no es esta columna un memorial de las depresiones patrias, sino una confirmación de que quizá estos ya no sean nuestros tiempos. Mira uno al Gobierno y se siente perdido, víctima propiciatoria como español vagamente feo, católico y sentimental. De modo que en el descalzaperros patrio vamos precisando de una brújula exacta que nos dé las razones del cómo, del para qué y del futuro inmediato. En el Partido Popular se van matando cuando hace ya tiempo que perdieron el tren, la iniciativa, la bandera de España y cosas así. Se avecina un tiempo nuevo que no es el del hembrismo ni el del sanchismo; un tiempo desconocido que se está fraguando en este largo y cálido verano. No sabía yo que Franco iba a estar en la agenda, pero los ‘hijos de los nietos de las familias del Régimen’ andan, de nuevo, en litigios de melancolía.

Después tenemos el folletín de Corinna, con su cosa episódica y confusa que quizá le añada más romanticismo a la cosa. Y un pasado que creíamos feliz y que empieza a volverse turbio. Apenas nos van quedando referentes morales del pasado, y el hoy se nos ha puesto excesivamente confuso.

Quisiera apearme ahora del tren. Ver el horizonte del mar, echar cuatro lágrimas y cinco culpas. Me hace falta. A mí y al país.

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