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Cuento de Navidad contado por un idiota

Foto: Alberto Estevez | EFE

Al final el ‘procés’ es eso: un cuento de Navidad contado por un idiota. Dickens más Shakespeare. Y Andersen, con un hombretón en vez del niño que dice que el ‘procés’ va desnudo: “¡Qué república ni qué cojones! ¡La república no existe, idiota!”. Pero no es el momento de comer perdices todavía, porque la revelación del ‘mosso’ no basta para que caiga el velo y se rompa el engaño. El velo y el engaño están atados y bien atados en el independentismo. La respuesta inmediata ha sido ir a por el hombre que ha dicho la verdad. Una respuesta estrictamente oscurantista.

La nación es un plebiscito cotidiano, decía Renan, y la república catalana es un cuento sostenido por dos millones de catalanes (que son muchos, pero no la mayoría). Un cuento en el que creen con tanta fe, y partiendo tan de la mentira, que da igual que se les diga la verdad: que la república no existe (idiotas), que los políticos presos no son “presos políticos”, que lo que hicieron el año pasado no se le hace a un país democrático, que las razones que se esgrimen para la independencia son falsas, que si hay aquí unos “fascistas” son ellos, que no hay hoy “nacionalismo español” equiparable al nacionalismo catalán, que hay más “republicanismo” en la monarquía parlamentaria española que en la república que ellos han engendrado.

La degradación creciente del independentismo, su estrepitoso aire de parodia, se debe a su carácter ficticio, en su roce aberrante con la realidad. Los independentistas luchan por una libertad que ya tienen, y por eso luchan en el vacío: aunque no flotando, puesto que no se quedan en la ficción, sino tropezando con la realidad, hundiéndose en un viscoso fango material.

Estamos aquí peleando contra ellos porque si se salen con la suya nos van a llevar a la ruina a todos (¡y porque es legítimo que se salgan con la suya!). Pero esta pelea nos degrada también a los demás, porque es absurda, tonta, embarazosísima. Los independentistas nos han metido en una situación superembarazosa de la que no vemos el modo de escapar.

De fondo les aseguro que hay afán de concordia (¡y más en estas entrañables fiestas!). Pero no se puede ‘dialogar’ con quienes están instalados a machamartillo en la ficción. Tendrían que empezar ellos, saliendo de ella. El único final feliz del cuento es que se salgan del cuento.

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