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Cuento de Navidad

"Ocurre cada Navidad: voy a lo mío y de repente un niño calvo vuelca el vaso de mi costumbre, funde los acontecimientos a la vez que los velos del corazón"

Foto: Chad Madden | Unsplash

La Navidad tiene fantasmas desde Charles Dickens. Espíritus que mueven a su antojo las manecillas del tiempo y chocan realidades pretéritas con otras que están por suceder. Esta mañana he visto uno en el semáforo del barrio. Sin cejas, era muy pálido, tenía cáncer. Arrastraba a su padre con su manita enferma, porque son los niños quienes conducen a los adultos y no al contrario. Ocurre cada Navidad: voy a lo mío y de repente un niño calvo vuelca el vaso de mi costumbre, funde los acontecimientos a la vez que los velos del corazón. Ese niño de hoy es el fantasma de mis navidades pasadas, las que siguen sucediendo.  

“Ven conmigo, dame la mano”, me dijo este fantasma del semáforo. Juntos sobrevolamos los edificios de Granada como los niños perdidos y más tarde, tras una señal suya, descendimos hasta posarnos en una cornisa. Allí, golpeados por el aire, guardamos silencio como gárgolas y entonces el niño, alzando su bracito anémico, señaló algo. La sexta planta del edificio que había enfrente. El hospital donde estuve dos años, dos siglos, donde sigo estando. La ventana en la que dos rostros miraban el otro lado sabiendo que ese mundo exterior es menos emocionante que lo que pasa en sus corazones. Después de aquella escena, mi fantasma se evaporó y yo, dándome cuenta de que el semáforo estaba en verde, me enjugué una lágrima con la manga del abrigo y crucé el paso de peatones en dirección a casa

No, no se trata de valorar lo que tenemos teniendo en cuenta que todo puede sernos confiscado. Este cuento de Navidad no tiene moraleja. Si algo he aprendido es que no todo puede razonarse. No hay lección porque no se trata de comprender cerebralmente por qué a un niño le sobreviene la enfermedad o por qué la muerte de tantos inocentes. Hay acontecimientos que tambalean nuestra lógica. Misterios. Y los misterios son oportunidades para el espíritu. Un misterio no puede reducirse a una parábola, encerrarse en la jaula de la lógica. Un misterio es un terreno sagrado ante el que uno se descalza y se arrodilla. No intento comprender por qué ocurrieron ese hijo y ese padre asomados a la ventana. Pero tengo la certeza que este ahora, el hoy desde el que escribo, está cimentado sobre ellos, y que los sucesivos terremotos no han podido abatirlo. Que nada puede caer lo que se edifica sobre la debilidad.

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