Aloma Rodríguez

Cuesta abajo

"Que Cs haya sacado rédito mediático de los ataques no significa que los merezcan, ni que acudir a la marcha fuera una provocación"

Opinión

Cuesta abajo
Foto: Ciudadanos
Aloma Rodríguez

Aloma Rodríguez

Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado "París tres", "Jóvenes y guapos", "Solo si te mueves" y "Los idiotas prefieren la montaña", todos en Xordica. Es miembro de la redacción española de Letras Libres y colabora con diferentes medios.

Los ataques e intentos de agresión a quienes marcharon el sábado tras la pancarta de Ciudadanos durante el Orgullo LGTBI son intolerables. La actitud violenta fue minoritaria, afortunadamente. Pero no por eso menos intimidatoria: los miembros de Cs tuvieron que ser escoltados por la policía fuera de la marcha. Las reacciones no tardaron en producirse: Inés Arrimadas acusaba al ministro del Interior Grande-Marlaska de azuzar el odio –con unas declaraciones que tal vez estaban fuera de lugar por su cargo– y pedía su dimisión. Desde el otro lado, al menos en Twitter, los intentos de agresión se minimizaban o se justificaban. Que Cs haya sacado rédito mediático de los ataques no significa que los merezcan, ni que acudir a la marcha fuera una provocación, por mucho que ayer se supiera que el acuerdo a tres entre Vox, el PP como bisagra y Cs está hecho en la Comunidad de Madrid. Aunque la antipatía a Cs es anterior a estos pactos y sorprendentemente más virulenta que con el PP.

Las agresiones, por otro lado, han intensificado una retórica inflamada: “somos el partido de los valientes”. En esa épica triunfalista y sentimental el partido no está tan lejos del populismo que, con razón, tanto critica. Uno de los problemas de Cs, más allá del empeño de su líder en el noesnoísmo y en una estrategia en la que para liderar el centroderecha le proporciona balones de oxígeno a su rival, es que parecen necesitar la retórica de campaña y la apelación sentimental. Enrocados en ellos mismos, y con el abandono de gente como Toni Roldán o Xavier Pericay, y la crítica abierta de fundadores (como Francesc de Carreras o Arcadi Espada) y simpatizantes (como José Antonio Zarzalejos), la estrategia de Rivera es ahora la autoafirmación. Así trata de hacer como si su mano izquierda no supiera la derecha, y pretende que le creamos. Como ha escrito Ignacio Varela, Rivera ha inventado una nueva manera de tratar con la ultraderecha con respecto a las dos que se han dado en Europa (aislamiento o integración): hablar con ellos, pero que parezca que no.

Ahora Rivera no tiene críticos en la cúpula, solo queda Luis Garicano, en Bruselas. Aunque sospecho que la incomodidad interna existe. En su discurso de dimisión, Toni Roldán, dijo que “Los costes de la estrategia de Ciudadanos son demasiado altos para España”. Y la carga no está tanto en la ideología o en el giro a la derecha como en el cambio con respecto a la flexibilidad: Ciudadanos dio el salto a la política nacional presentándose como el partido de la regeneración y el que superaba la tradicional división de izquierda y derecha. Quienes se creyeron eso, independientemente del sentido de su voto, se sienten engañados. El problema para España está en que hemos entrado en una retórica frentista y la bola parece ya imparable.

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