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Cultura, entretenimiento y pobreza

"Me pregunto cuántos de los que se pegaban tiros en los Balcanes habrían leído a Homero"

Foto: Luca Piergiovanni | EFE

Para aliviar el encierro, el sector cultural ha tirado la casa por la ventana. Cosas gratis, oiga: entre aquí e hínchese a óperas, mire qué buenos conciertos traigo, doña; ¡libros!, ¡libros de balde, señor! No quiero ser el grinch frankfurtiano que se interponga en este frenesí de generosidad gritando que asociar cultura y entretenimiento tan a las claras es, cuanto menos, peligroso. Me contentaré con comentar algunos sucesos pintorescos.

El otro día Pérez-Reverte, el crooner de Twitter, se quejaba de que los libros no hubiesen sido considerados bienes de primera necesidad por real decreto. El comentario de Reverte no aludía a la maltrecha economía de las librerías (le preocupa la falta de abastecimiento, fíjate), sino a una idea mágica de la lectura. Entre los chascarrillos que se le ocurrieron al personal, alguien enlazó un vídeo en el que el joven Arturo decía algo así como que "sin cultura no se puede interpretar el presente". Que él había entendido lo de Sarajevo porque había leído la Ilíada y que cómo iban a entender los jóvenes sus particulares yugoslavias sin saber quiénes son Héctor y Patroclo. Me pregunto cuántos de los que se pegaban tiros en los Balcanes habrían leído a Homero. Lo mismo ni ellos se enteraban bien de lo que estaba pasando.

Quizás estemos ante el asombroso caso del ávido lector que, sin embargo, no tiene libros que leer. En mi modesta circunstancia, yo tengo lectura acumulada como para tres pandemias. Por si fuera poco, no hay agente cultural que se precie que no haya liberado sus contenidos. Lo curioso es que, justo en este momento, esa proliferación de contenidos gratuitos es menos necesaria que nunca. Entre las plataformas audiovisuales, el libro electrónico y demás prodigios de la tecnología y de nuestro tiempo, por dos duros tienes más de lo que puedes digerir en un año sabático. Es llamativo, sin embargo, que los productores culturales hayan visto con naturalidad eso de dar gratis su trabajo.

Lo cultural (sea lo que sea eso) está garrapiñado de unas consideraciones morales y simbólicas que pueden hacernos olvidar que es un sector menesteroso. No somos precarios, somos pobres. Y si los fruteros, los diseñadores web o el presidente del gobierno no están trabajando gratis estos días, no sé por qué nosotros sí deberíamos hacerlo. Ni leer a Virgilio te preparar para un cataclismo, ni la Tetralogía te hará más ameno el apocalipsis. Hay suficientes pasatiempos sueltos por ahí como para que tengamos que sumarnos a ese esfuerzo de guerra. No se puede decir que algo es valiosísimo y liberador y repartirlo como si los libros, las películas o las sinfonías cayesen del cielo. Salvo que seas un mastodonte del mundo editorial o estés aprovechando para publicitar tu plataforma online. Ah, ¡a ver si va a ser eso!

Solo trabaja gratis quien se lo puede permitir.

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