Aloma Rodríguez

David Trueba, una vocación

«El libro lleva el subtítulo de 'Una celebración' y lo que se celebra es la vida familiar, ese lugar donde todo empieza y que es nuestra primera imagen del mundo»

Opinión

David Trueba, una vocación
Foto: Victoria Will| AP
Aloma Rodríguez

Aloma Rodríguez

Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado "París tres", "Jóvenes y guapos", "Solo si te mueves" y "Los idiotas prefieren la montaña", todos en Xordica. Es miembro de la redacción española de Letras Libres y colabora con diferentes medios.

La posición que uno ocupa en su familia importa, con posición me refiero al número que hace. Una amiga dice que los hermanos mayores son neuróticos –si miro a mis hijos, le doy la razón, si miro a mis hermanos, creo que se equivoca. Es gracioso ver cómo se van formando las personalidades de los niños en un curioso juego de imitación y oposición con respecto a sus hermanos. Los pequeños tienen la desventaja de que los de delante han agotado muchas posibilidades, pero también eso les da algunas ventajas insospechadas: los padres suelen ser más tolerantes y protectores con los pequeños. En cualquier caso, lo peor es ser el mediano: no sueles estrenar nada y tampoco puedes destrozar lo que te llega porque tiene que durar para el siguiente. Estoy segura de que quien me dijo eso es hermano mediano.

David Trueba (Madrid, 1969) es el pequeño de ocho hermanos, criados en el barrio madrileño de Estrecho. Y esa posición, la de pequeño, le marcó en varios sentidos. En primer lugar, como era el más pequeño, no fue al colegio hasta los seis años –después de un intento frustrado de dejarlo en la guardería–. Se quedaba en casa con su madre, que cosía y tendía y hacía la comida mientras su hijo pequeño accedía a un mundo desconocido. Su libro Ganarse la vida (Cuadernos Anagrama) tan breve como emocionante, es un homenaje a esa generación, la de su madre, que no pudo apenas ir a la escuela y que se esforzó en que sus hijos se formaran. Pero ser el pequeño de ocho también le hizo depurar un estilo desde pequeño: si las historias que contaba eran buenas, sus hermanos le dejaban hablar. Al leer eso, me acordé de la escritora Natalia Ginzburg, que decía que su manera apresurada de contar usando el mínimo de palabras necesario se debía a que ella era la pequeña de muchos hermanos y tenía que aprovechar cuando podía hablar para contar todo lo que quería.

Ganarse la vida es un regalo para los lectores: ofrece la intimidad familiar, con anécdotas y tragedias, también con humor y picardía (en algunas puede verse el germen de sus películas y novelas). Contiene algunas revelaciones: que los hijos educan a los padres, que «las herencias o la perspectiva de heredar arruinan las vidas de los hijos. No hay nada más triste que heredar una fábrica o una casa que no has levantado tú», y que hagas lo que hagas como padre, te equivocarás. El libro lleva el subtítulo de «Una celebración» y lo que se celebra es la vida familiar, ese lugar donde todo empieza y que es nuestra primera imagen del mundo. Pero se celebra también una vocación, la de escritor, cuyo compromiso con ella renueva en este libro, veinticinco años después de que se publicara su primera novela: «Yo tan solo renuevo el pacto irrompible con aquel niño absurdo que escribía para prolongar una intimidad, una conciencia, un refugio de vida».

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