Ferran Caballero

De ambulatorios

Hace unos días Pablo Iglesias presumía de haber aprendido de sus últimas derrotas que "la izquierda necesita dejar de lado épica para enamorarse de lo efectivo. Aceptar que no se acerca uno a la urna para cambiar el mundo, sino para que no le cierren el ambulatorio del barrio".

Opinión

De ambulatorios
Ferran Caballero

Ferran Caballero

Profesor de filosofía y autor del libro "Maquiavelo para el s.XXI". "Tot ve que cau"

Hace unos días Pablo Iglesias presumía de haber aprendido de sus últimas derrotas que «la izquierda necesita dejar de lado épica para enamorarse de lo efectivo. Aceptar que no se acerca uno a la urna para cambiar el mundo, sino para que no le cierren el ambulatorio del barrio». Porque cada uno saca las lecciones que le da la gana y porque lo suyo, lo de Podemos, es sacar siempre la contraria. Se trataba de asaltar los cielos cuando todo el mundo aspiraba a la recuperación económica y a la tranquilidad institucional. Y ahora que está la cosa tan revuelta que hasta Andalucía se apunta al cambio, ahora quieren ellos dedicarse a cuadrar presupuestos y abrir ambulatorios.

Lo dicen, imagino, porque creen que gobiernan y porque creen que eso es gobernar. Pero sacar esas conclusiones de unas elecciones como las andaluzas y de unos momentos como los nuestros es cuanto menos algo precipitado. Porque las elecciones andaluzas no fueron de ambulatorios, sino de Cataluña. Y ni se ganaron ni se perdieron por la gestión del gobierno ni el estado de las cuentas, sino por la cuestión catalana, que es como decir que se ganaron y se perdieron por la cuestión de la democracia y de la libertad. Una cuestión que cada cual entiende como le da la gana pero que todos entienden como algo más grande y más digno que la simple defensa de los bajos y egoístas intereses personales. Porque así funcionan en realidad las cosas de los hombres, aunque en Podemos, y no sólo en Podemos, se entiende sólo a ratos. Porque no aceptamos del todo una verdad hasta que sabemos qué hacer con ella.

Lo mismo parece pasarle a uno de los pensadores de moda, Timothy Snyder, que pasó por España para hablar del negro futuro de la libertad. Snyder empezó sus explicaciones como suele hacerse estos días, usando los titulares del día para refutar a Fukuyama y el fin de la historia. Y siguió insistiendo en lo mal que pinta todo, demostrando así y de nuevo que quienes más insisten en desmentir la célebre tesis son quienes con mayor convicción, gravedad y fatalismo aceptan que todo lo que no sea simple conservación de la democracia y el orden liberal es decadencia y retroceso. Que quienes tanto critican la falta de una política de futuro y con tanta urgencia advierten sobre los peligros que esto comporta son al mismo tiempo incapaces de proponer más proyecto político que el mantenimiento de lo presente.

Porque en el fondo todos sabemos como Fukuyama que el liberal es el mejor sistema que hemos podido imaginar y que es por eso el horizonte insuperable de nuestras expectativas políticas. Que si no hay política de futuro es porque no hay horizonte de mejora. Y que por eso, si como dice Snyder «la libertad significa tener una idea dentro nuestro de cómo debería ser el mundo, distinta de cómo es el mundo de fuera», la tan urgente tarea de preservar la libertad tiene mucho menos que ver con el combate contra los bots rusos que con la propuesta y la defensa de una sociedad futura; con la recuperación de la visión y la promesa de un futuro mejor. Porque la historia que tanto tememos vuelve siempre por aburrimiento. Por lo pesado de abrir y cerrar ambulatorios y por el insaciable deseo de algo mayor. Un deseo que no siempre se ve lo suficientemente satisfecho en el juego democrático, como demuestra el que nadie en ningún lado ofrece ningún futuro – porque la historia ha acabado- pero todo el mundo promete épica – porque el fin de la historia es tremendamente aburrido.

La única manera de enmendar de verdad a Fukuyama y, sobre todo, de enmendar el presente y sus problemas, pasa por imaginar un futuro que sea mejor que el presente. Y que sea mejor por la satisfacción de aquella pulsión sin la que no se entienden los problemas del momento ni se entienden las tesis del americano ni se entiende la naturaleza del hombre. Una pulsión a la que los antiguos llamaban el thumos y que se refiere a la parte de nuestra alma que busca el reconocimiento de los demás, intermedia entre la razón y el sentimiento, entre el cálculo y el deseo, y que tendemos a olvidar, quizás por interés, quizás por una peligrosa inflación de racionalismo político, cuando insistimos en oponer racionales y sentimentales para desprestigiar las aspiraciones políticas que no compartimos o que no comprendemos.

Para entender el presente y sus problemas debemos entender mejor al hombre y su naturaleza. Necesitamos, como decía hace poco el propio Fukuyama, una mejor teoría del alma; que incluya la comprensión de este thumos que explica el cabreo de moda porque explica el coraje y porque explica la conciencia tan natural en el hombre de tener algo que defender; una identidad y una libertad. Hay que entender esto para entender que los problemas que tenemos, en Cataluña, en Vox, en Francia, en Inglaterra, en Italia, en EEUU… no son para mantener los ambulatorios abiertos ni se solucionan abriendo otros nuevos. Que el problema fundamental de nuestro tiempo es el de cómo logran nuestras democracias que sus ciudadanos, con sus deseos, intereses, opiniones y aspiraciones, se sientan debidamente reconocidos. Y no es un problema menor, porque todos esperamos ser reconocidos por nuestra mejor versión mientras que tendemos a reconocer a los demás por su versión más habitual y peor. De ahí también que estos conflictos fundamentales sean en el fondo irresolubles y que la gran tarea política consista en tratar que sean lo más fáciles posible de conllevar.

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