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Opiniones libres de algoritmos

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De anclas y veletas

"Es sangrante que el propio centro parezca creer a veces que todo lo que tiene que ofrecer al mundo es el vacío, sobre todo, porque la realidad es justo la contraria"

Cada vez que el centro ha de fijar postura, queda de manifiesto una de sus más graves incapacidades endémicas: la de romper con los marcos mentales ajenos. Afloró con el presunto “viraje” de Ciudadanos (vamos a llamarlo viraje, porque así de desalentadora es la irrelevancia de los hechos en política) de hace unos días. Y volverá a aflorar dentro de pocos más, cuando haya que elegir entre apoyar de nuevo al trilero (esta vez, por un mes) y la inconsistencia de ese «plan Cajal» de Casado, cuyo apresuramiento se ve desde el mismo nombre.

Marcos mentales--y es lo que más delito tiene--sobre lo que debe ser el propio centro. Nada nuevo, en realidad, en un país en que la izquierda tiene un misterioso sentido de la propiedad sobre las etiquetas de “moderación” y “radicalidad”. Y en que la banda derecha --aunque sea con menos aquiescencia del resto de actores --intenta algo parecido, desde los campos semánticos que le son propios (como el de la “lealtad” y la “traición”). Pero uno tiene la sospecha de que, en el fondo, los únicos culpables de la situación somos los propios centristas. En concreto, esa insistencia nuestra en proclamarnos un “espacio libre de ideología”, como esos bares de Malasaña que se declaran, con pegatinas en la puerta, “espacio libres de machismo” (una promesa de ocio nocturno, como todo el mundo sabe, imposible de resistir).

Esa concepción del centro ideológico como una especie de cero absoluto fue la culpable, por ejemplo, de aquella aburridísima avalancha de análisis post mortem sobre la debacle electoral naranja, que reducía todo a una cuestión de calibrado. «Aquí Rivera se inclinó mucho a la derecha; aquí, en cambio, se pasó de progre». Como si la habilidad de colgar cuadros bien centraditos entre la mesilla y el aparador fuera a despertar más entusiasmo que defender un ideario convincente y demostrar que se actúa en coherencia con él.

Y es sangrante que el propio centro parezca creer a veces que todo lo que tiene que ofrecer al mundo es el vacío, sobre todo, porque la realidad es justo la contraria. El centro no es la defensa de un páramo yermo, sino de ese gran hito civilizatorio de Occidente que es la democracia liberal. El ascenso de Arrimadas insufló en Ciudadanos una ilusión muy necesaria, pero va a ser su capacidad para anclar el centro a su genuina ideología –y rodearse de quienes puedan ayudarle en esta tarea –lo que permitirá al cascarón de nuez, zarandeado por el oleaje de la polarización, salvarse del naufragio.

Algunos, con buena fe, pero con la vista puesta en ese cínico horizonte nihilista de lo posliberal, creen que la vieja democracia liberal está acabada y no tiene ya respuestas que ofrecer. A esos escépticos habría que recordarles que la abuela aún custodia un polvorín ideológico que necesitamos, hoy, con más desesperación que nunca.

Fue esa vieja democracia liberal la que nos enseñó la lección de la ciudadanía, decretando que la dignidad humana nos iguala radicalmente en derechos por encima de nuestras diferencias. Y la que hoy no deja de recordarnos que luchar por las minorías significa poner a su alcance esa igualdad efectiva pero nunca, de ningún modo, instaurar la desigualdad de la fractura identitaria.

Fue, también, esa vieja democracia liberal quien nos equipó para defendernos de los gobernantes que quisieran hacer del Estado y la Administración su coto privado. Es cierto: las garantías, el sometimiento de los poderes públicos a la Ley y su obligación de neutralidad han dejado al descubierto resquicios que, en los casos más extremos, los dejan reducidos a una coartada tras la que el Gobierno ejerce un poder poco menos que omnímodo. Pero está en nuestra mano robustecer esos mecanismos para dotarlos de eficacia. Deshacernos de un cacharro que creemos inservible sin haberlo usado nunca conforme al manual no parece una jugada muy brillante.

Y nadie sino la vieja democracia liberal puede restaurar el sentido de pertenencia a la comunidad mediante la adhesión a las instituciones. Una adhesión que no se ofrece como sucedáneo de la nación, sino como el contrapeso necesario para situar a ésta en su justa escala. Para que la nación se detenga siempre ante el umbral de la dignidad del individuo, y no vuelva a devorar a sus hijos.

Es urgente devolver a nuestras convicciones el protagonismo que reclaman. Así lo exige un escenario nuevo y lleno de incertidumbres. Ya que marchamos a la guerra cultural –tal y como suena—no lo hagamos bajo banderas ajenas, sino con nuestro propio pabellón, para que sea éste el que nos sirva de guía cuando alcemos la vista. Nos toca defender un enclave vital no en beneficio de unas siglas, sino de todos nuestros conciudadanos, piensen lo que piensen. Y se acercan horas decisivas. Por eso no podemos conformarnos con permanecer en la superficie, dejándonos fluir con las corrientes. No rehuyamos la profundidad. Es ahí, en lo profundo, donde se logra ser ancla, y se deja de ser veleta.

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