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De dioses y de hombres

Uno se pregunta si no nos hubiera ido mejor dejándoles pasar. Porque lo que realmente eran es lo que en muchos aspectos nos gustaría ser. Es decir: suecos. Por ejemplo.

Como somos volátiles, o tal vez sólo inconsistentes, o quizá porque el Canal de Historia se lanzó a producir una serie al respecto –no todo han de ser alienígenas y cienciología-, o incluso porque se acerca el Invierno –ya me entienden-, en los últimos años los vikingos gustan. Sí, gustan. Esa especie de hipsters de abultada cornamenta –en el casco, en el casco-, alérgicos a la higiene y adictos a la sangre pueblan un renovado imaginario que a los que crecimos con Vickie el Vikingo –y a los historiadores, que no es cualquier cosa- se nos antoja algo exagerado.

Una reciente exposición en el British Museum se dedicó a derrumbar mitos acerca de la cultura vikinga y a presentarlos como eran. Sin cornamenta en el casco. Sin melenas montaraces. Domésticos. Comerciantes. Y dueños de una incardinada cultura de diálogo y consenso, como muestra la existencia del Thingvellir, el primer parlamento democrático del mundo, cuyo origen se data en la Islandia del siglo X. ¿Eran rudos y salvajes? Sí, pero no tanto: las fuentes que crearon la imagen residual que todos tenemos de los paganos del norte se nutren de los testimonios escritos de sus víctimas, monjes –quienes más sabían de escribir hace un milenio- en su mayoría. Así que, esencialmente, aquellos dioses –aquellos hombres- nórdicos se parecían bastante más a los actuales suecos, noruegos, daneses e islandeses que a lo que nos han dicho que eran.

En Galicia celebran la resistencia contra los vikingos y la encendida defensa de las reliquias de Santiago. Viendo lo que verdaderamente fueron y lo que deparaba al mundo a aquellos dioses -aquellos hombres- nórdicos, uno se pregunta si no nos hubiera ido mejor dejándoles pasar. Porque lo que realmente eran es lo que en muchos aspectos nos gustaría ser.

Es decir: suecos. Por ejemplo.    

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