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De la indignación moral como opio del pueblo

Foto: Francisco Seco | AP

El 3 de diciembre de 1869, contestando en el Parlamento a Castelar, Sagasta reconoció que “sería completamente imposible, no habría medio, no de gobernar, sino de vivir en sociedad, si se comprendieran los derechos individuales de manera absoluta, pues lo absoluto en el ejercicio de los derechos individuales conduce irremisiblemente al estado de barbarie”. Por “absoluto” quiere decir “sin relación a los derechos de los demás” –lo que Oakeshott llama “supuesto incondicional”-, por eso añadió que “la limitación en el ejercicio de los derechos de cada uno por la garantía del ejercicio de los derechos de los demás, es la libertad, es el progreso, es la civilización, es la sociedad”.

El 27 de abril de 1871, en el Senado, en réplica a Calderón Collantes, se puso Sagasta un poco farruco defendiéndose a sí mismo: “¿Cuándo, ni en dónde he dicho yo que los derechos individuales eran derechos inaguantables? ¿Es esta manera de tratar a un adversario? ¿Cuándo he dicho yo eso, sino lamentándome del uso o abuso que de los derechos individuales hacían los republicanos federales en ciertas provincias? Yo les decía entonces: No hagáis eso, no perturbéis el país abusando de la libertad y desprestigiándola; porque podéis ir tan allá, que el país llegue a considerar los derechos individuales como derechos inaguantables? Pero esto lo decía yo para el caso de que desprestigiaran la libertad, y en último resultado hicieran aborrecibles los derechos individuales por abusar de ellos”.

En mayo de 1876, en una reunión de su partido, se sinceró de esta manera: “Lo que importa es impedir que por la incompatibilidad de los derechos de todos, se hagan esos derechos, en vez de derechos individuales, derechos inaguantables, como ya los califiqué en cierta ocasión, calificación que se me ha echado muchas veces en rostro, y que me ha hecho pasar, para algunos, no sé si con intención o sin ella, por enemigo de los derechos individuales”.

Lo que Sagasta quería decir es que es inmoral pedirle a la política más de lo que ésta puede dar de sí, especialmente cuando se lo pedimos borrachos de “moralinidad”, que es el fermento más eficaz del populismo.

La indignación moral (anverso del entusiasmo) seguirá siendo el opio del pueblo mientras transformar los problemas políticos en motivos de escándalo sea mucho más fácil que resolverlos. O sea, mientras sigamos viviendo en “the era of the Drama Queens”.

Le consulto esto a mi psiquiatra que, según él, como buen arqueólogo, sólo puede ser conservador.

– ¿Sabes -me pregunta- cuál es la principal diferencia entre un progre y un conservador?
– A ver…
– El uso de la voluntad de poder.
– No de la libido.
– Todo viene a ser lo mismo, eros, voluntad de poder, libido… El progre se muestra siempre dispuesto a transformar la voluntad de poder en voluntad de victimismo.
– Muy tajante me parece…
– A los hechos me atengo: Cuando un progre se muere, lo hace con el dolor de irse de este mundo sin haber cobrado todo lo que la vida le debe. Los derechos son para él lo que la vida le está impidiendo disfrutar.
– ¿Y el conservador?
– Lo que le preocupa al conservador es no irse de este mundo sin pagar.

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