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De la miseria a la grandeza

Foto: Netflix

El circo independentista catalán con todos sus enanos crecidos y su fanfarria mediática me pilla en pleno chute pertinaz de una de las series más espléndidas que haya visto desde aquellos lejanos tiempos The Wire (que ya van siendo series también es cierto. Allí están The Shield, las dos primeras temporadas de House of Cards, The Killing yanqui, True Detective y el etcétera).

The Crown, serie, tiene la grandeza de plantear desde la ficción verdades que los hechos esconden. Balzac, Stendhal, Tolstoi, Galdós y compañía. Luchando como siempre contra los inquisidores de la factualidad. Salieris…

La serie de marras podría entenderse como un díptico de aquel film The Queen, de Stephen Fears. Incluso podría añadirse el tríptico comercial y oscarizado El discurso del Rey.

En cualquier caso, la ficción es tan real que la recomiendo sin pausa. Está el gran Winston (Churchill) con toda su inmensidad, mezquindad, pragmatismo, sentimentalismo, valentía y decadencia. Y una monarquía que debe acoplarse a los nuevos tiempos.

Es circunstancial. Lo mejor de The Crown es la capacidad de contar la verdad desde la ficción. Ahí está la hermana con sus eclipses, el marido putero pero sagaz, la madre depresiva y sedienta, nunca olvidó a su marido, amor de su vida, el tío pijo que no quiso ser rey. Y por encima de todos, la Reina.

Hay una secuencia genial. Emotiva: cuando Isabel II le dice a un decrépito Churchill: “Nadie ha hecho tanto por Inglaterra como usted”. Fue ese momento en que las democracias europeas cayeron como peones prescindibles, en que los comunistas pactaron el pastel con los Nazis. Fue un año en que solo estaba Churchill frente a los fascismos. Un año de resistencia sin cuartel. Aquel año en que el viejo solo podía garantizar la valentía de Barcelona y sangre, sudor y lágrimas. Muy borracho. Pero incólume.
-Ya lo sé, majestad.

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