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De la Operación Roca a la Cicuta de Albert

Los señores de la guerra, perdón, de la política, se vuelven más arrogantes y más intratables cuanto más indefendible es su posición

Foto: Rodrigo Jimenez | EFE

Atención, pregunta: ¿qué habría pasado si Jordi Pujol no se hubiera cerrado en banda a que Miquel Roca entrara en un gobierno de Felipe González, o, peor aún, no hubiera ayudado a dinamitar la Operación Roca desde dentro? ¿Alguien se acuerda, o llegó simplemente a fijarse, en que la destrucción del experimento liberal y reformista de Roca convivió en su día con el mejor resultado cosechado nunca por CiU en unas elecciones generales? La capacidad del nacionalismo de condicionar quedando muy por encima de la de involucrarse y/o regenerar. Y hasta hoy.

¿Hay un borgiano espejo abominable que multiplica el batacazo de Miquel Roca por el de Albert Rivera? No deja de resultar irónico que el más ambicioso intento de desembarco del catalanismo en el rompeolas de las Españas desde Cambó y el proyecto de Ciudadanos, nacido precisamente contra la megalomanía separatista, hayan salido despedidos de la pista un poco por lo mismo. Primero, porque la política catalana es tan suya que cualquier partido horneado allí, sea cual sea, se las ve y se las desea para sobrevivir a la vez en Barcelona y en Madrid. La maldición no perdona ni a los antinacionalistas.

Y luego el resto de España parece habitado por centrófagos. Da igual las veces que vayamos a las urnas y que estas, tercas, arrojen hemiciclos tan fragmentados que es como pedir pacto a mares. Centro a gritos. Los señores de la guerra, perdón, de la política, se vuelven más arrogantes y más intratables cuanto más indefendible es su posición.

Este artículo se escribe al calor de una jornada dominada por la imagen de Albert Rivera bebiéndose la cicuta de un trago, sin pestañear. Ya está. Ya no hay Albert Rivera. Adiós al héroe cívico de media Cataluña (cuando el PSOE la toreaba y cuando el PP parecía haber abandonado toda esperanza…), a la esperanza blanca de una tercera España que de repente pasó a ser visto, tratado y descrito por muchos como un híbrido de Enemigo del Pueblo, Niña del Exorcista y Jack Nicholson en El Resplandor.

Mucho y a fondo se podría escribir sobre la cadena de despropósitos, novatadas e incomunicaciones de Rivera desde la moción de censura de Pedro Sánchez contra Mariano Rajoy y hasta el descalabro del 10-N. Pero lo que quizá no se escriba nunca es que a Albert no le han derribado tanto, o no sólo, sus defectos, como sus virtudes. La insuperable máquina de picar carne enemiga que es el PSOE de Pedro Sánchez no hace prisioneros. Que se lo pregunten a Pablo Iglesias. Que se lo pregunten a históricos dirigentes socialistas de toda la vida. Que se lo pregunten a Pablo Casado ahora que se ha quedado, momentáneamente por lo menos, a solas con el centroderecha…

Ya no hay Albert Rivera, decíamos, pero, oh cielos, España sigue siendo ingobernable. Más que antes si cabe. ¿A quién le echarán la culpa ahora del ascenso del populismo de Vox, de que en Cataluña haya quien no pueda ni salir a comprar el pan en paz, de la frivolidad y de la insuficiencia patriótica de casi todo lo que aquí se quiere entender por izquierda? ¿Quién podrá pedirle a Pablo Casado coaliciones grandes ni pequeñas, con el aliento de Abascal en el cogote? ¿De dónde piensa sacar petróleo político el mismo Pedro Sánchez después de hacer todo lo posible por cegar los pozos del centro?

Rivera fue a las elecciones desnudo pero no era el único…

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